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miércoles, 25 de marzo de 2020

El Cebo (CAPÍTULO 3 DE LA MUSA)


Aún estaba digiriendo la decisión de la Asamblea cuando me percaté de que todos y cada uno de los miembros de la misma se habían marcado sobre los nudillos las letras M y C, Materia Creativa, un hechizo que anula el efecto de cualquier poder. Sin duda pequé de optimista al pensar que podría traspasarle el marrón usando mis “palabras”. Debería de pensar un nuevo ardid para tratar de exponerme lo menos posible al peligro que suponía enfrentarse a los Fures Iret.
Por si no fuese poco con todo esto, vi como Lezo, pese a su cojera, se fue abriendo paso entre el concurrido grupo que trataba de alentarme en mi encomienda. No tuvo necesidad de hablar, tan solo le bastó un par de miradas para que se alejasen, incluso Doxë, que nunca se da por aludida, se marchó. Nos quedamos a solas.
—No tenía la menor idea de que fueses una heroína—inició la conversación usando el sarcasmo.
—Yo tampoco—traté de mostrarme indiferente—. No he sido yo quien ha elegido acabar con los Ladrones de Almas, ha sido la Asamblea quien lo ha decidido.
—Bueno, eso ya da igual. Si la Asamblea ha decidido elegirte a ti no me queda otra que confiar en tu buen hacer. ¿Me aceptas un consejo?
—¿Debería? —Enarqué una ceja. Como dice Almosk, la Dama de la Guerra: “La mejor defensa es un buen ataque. No estaba entre mis deseos tener que luchar contra los Fures Iret, pero me molestaba su desconfianza. No me gustaba que pusiese en cuestión mis posibilidades.
—Por supuesto. Nadie conoce mejor a esos traidores que yo—respondió alzando la barbilla con orgullo—. Gracias a mi tendrás la clave para vencerlos.
—Deja que ponga en tela de juicio esa afirmación—repliqué con una sonrisa victoriosa—. Tal como ha hecho mención Orión, si hubieses desarrollado bien tu trabajo no estarías ahora en este punto.
—¡Maldita engreída! —Vi como contraía los músculos de la cara en un rictus tenso. Se giró sobre sus talones y se marchó farfullando maldiciones sobre mí.
Sonreí. Me sentí victoriosa. Daba igual si moría a manos de los Ladrones de Alma, aquel momento había merecido la pena. Lezo era la más anciana de los Vástagos de la Materia Creativa. Durante su existencia había alcanzado grandes cuotas de poder, pero el tiempo le había vuelto decrepita, previsible, e incapaz de innovar, motivo por el cual muchas de las Almas que había logrado para su causa habían caído en las garras de sus adversarios. Ya mucho antes de aquella Asamblea muchos hablaban en corrillos secretos sobre que debería de ser sustituida, aunque aquella decisión no dependía más que de la Voluntad de la Materia Creativa.
Tras aquella breve satisfacción, mi mente retomó el tema de los Fures Iret. Debía de acabar con ellos, pero como era evidente ellos no iban a acudir a mí, así que me planteé la misión como una cacería. Ellos eran la pieza a cobrar y yo la cazadora. Sin embargo, siguiendo con el símil cinegético, no sería yo quien entrase en el bosque a buscarlos, ni mucho menos, para ello usaría un cebo, en este caso un ser humano. Les ofrecería una mente apetecible, alguien a quien poder idiotizar.
Cuando me dispuse a elegir al cebo no tuve ningún remordimiento.  El bienestar de los humanos nunca me importó lo más mínimo, es más, siempre les he considerado la plaga más peligrosa de la Tierra. Además, ellos son millones, uno más uno menos no supondría una gran pérdida, mientras que si yo dejo de existir su mundo se queda más vacío. El Arte, al menos el hecho por los hombres, deja de existir. A diferencia de las mujeres, ellos necesitan un aliciente para crear.
Aunque la idea era captar un cebo apetecible, no me esforcé. No investigué quien sería la víctima ideal. Al contrario, me llevé varios días de fiesta junto a Receserra, “El Artesano de la Pereza” lo que provocó que acabase dejando en manos del azar aquella elección. Fue Temere, “La Amiga de la Fortuna” quien me propuso un sencillo juego: debía de elegir como cebo a la persona que apareciese ante mí según el resultado de una tirada de dados. Salió un tres. No sé si con un resultado diferente la cosa hubiese cambiado, pero no adelantemos nada antes de tiempo…
Me situé en una terraza de la plaza Mayor de Salamanca a la espera de mi presa. Esta ciudad estudiantil era un lugar idóneo donde buscar una mente lúcida que ofrecer como tributo a los Fures Iret. Sin embargo tuve que esperar más de media hora hasta que alguien cruzó frente a mí. No sé si por el frío, por el fútbol o vete tú a saber, aquella tarde nadie parecía dispuesto a salir a la calle. Era como si sospechasen que les iba a mandar directos al Templo de la Estupidez.
Si no hubiese sido porque me planteé seguir los criterios del azar a la hora de elegir al “cebo”, habría susurrado una imagen al muchacho que cruzó frente a mí para que me siguiese. Hubiese sido ideal: hombre, (los varones siempre les afecta más mi magia), joven, y con ese aire melancólico en el rostro que sólo tienen los poetas o en su defecto los cantautores. Sin duda por su expresión me andaba buscando. Esa mirada solo la tienen quienes buscan a la Musa, lo que no saben es que soy yo quien se muestra. Además, tenía pinta de estudiante de Historia del Arte algo que lo hacía un plato apetecible mentalmente para los Ladrones de Almas. Pero entre mis defectos está la coherencia. Siempre he tratado de ser consecuente con mis decisiones. A diferencia de otros compañeros como Pirryake, “El Espíritu del Vino” que prometió portase bien en la última fiesta en el Mundo Paralelo y acabó provocando una orgía de padre y muy señor mío, yo siempre me he mantenido fiel a mis promesas.
 Pasaron diez minutos hasta que apareció la segunda persona, otro descarte que tan solo me acercaba a mi objetivo. En este caso se trataba de una turista germana. Contemplé su mirada, y con tan solo fijarme en las arrugas en sus ojos supe que también hubiese sido una “víctima” perfecta. Aquella mirada acumulaba años de experiencias, de sabiduría. No había que ser un lince para darse cuenta que su alma pertenecía a Lezo. En su interior había un alma viva. Pese a la dificultad que me habría supuesto usar mis “palabras” con ella, estoy segura que habría sido un buen cebo.
Tuve que esperar cuarenta minutos más desde que vi alejarse por un lateral de la plaza a la turista hasta que apareció la Elegida. Era mujer. Rubia, o más bien sus cabellos estaban teñido de este color con intención de cubrir las incipientes canas que le nacía de las raíces del cabello pese a no tener más de treinta y cinco. Caminaba un poco encorvada como si le doliese la espalda enormemente. Pese a su andares altivos no dudé que su alma estaba casi vacía, aunque aún no había sido poseída por los Fures Iret. Solos los ignorantes se enorgullecen de su estupidez. Más allá de cualquier valoración, comprobé que fue ella la primera en fijarse en mí nada más entrar en la plaza. Me miraba desafiante, un desafío propio de los necios que ignoran su destino. Me levanté y caminé hacia ella pensando en la palabra adecuada a usar para engatusarla. Dudé si usar en primer momento “Rutina” para incitarla a una aventura, u optar por “Desafío”. Según me pareció, a las personas como ella era el Orgullo el que le arrastraba hacer cosas. Sin embargo, no tuve posibilidad de decir nada porque me abordó.
—Lo siento, Musa. El cazador se ha transformado en la presa.—Me colocó las manos en la boca impidiendo que pudiese usar alguna palabra para repelerle.
Como si se derritiese la imagen de la Plaza Mayor quedó diluida en la negrura para dar paso a un espeso bosque de pinsapos. No solo cambió el escenario, también la imagen de la mujer. Su carne se fue consumiendo hasta dejarla en los huesos. Su cabeza se convirtió en una calavera de profunda cuencas oculares. Las manos que aprisionaban mi boca se convirtieron en garras y de su coxis nació una fina cola rematada con un corazón en su punta.
No me fue necesaria más información para saber que se trataba de Etner, el Ladrón de Almas encargado de inmovilizar a las víctimas. Había sido atrapada como una vulgar humana. De haber tenido la boca libre me hubiese dedicado una palabra de destrucción a mi misma. Por un lateral apareció Tevé, otro de los Fures Iret al que reconocí por su cola rematada en forma de flecha, husmeando el aire como un lobo cuando detecta una presa. Se fue moviendo de forma lenta a cuatro patas hasta colocarse a mi lado. Pese a su rostro cadavérico  vislumbré una sonrisa triunfante. Luchamos con la mirada durante un rato. Él trato de llevarme a su mundo oscuro y yo mantenerme en el de las Ideas. No perdí, aunque tampoco gané, simplemente se cansó. Era como si fuese un juego que le había dejado de agradar.
Por último hizo aparición el más temible de los tres, Vacum. El más grande en tamaño y el más letal de todos: era el encargado de aspirar el alma de la gente desaprensiva como yo que se había dejado atrapar por ellos. En lugar de acercarse a mí se quedó un rato paralizado observándome. Estaba disfrutando aquel momento, viendo como aquella seguridad que yo había mostrado se iba deshaciendo poco a poco como una pizca de sal en el océano.
Mis manos comenzaron a sudar. Mi corazón palpito descontrolado al ver tan cerca mi fin. Todo iba a acabar de forma funesta por no haber sido capaz de esforzarme y darme cuenta de que no siempre las palabras te muestran la solución a tus problemas. Respiré profundamente y cerré los ojos cuando Vacum se puso a menos de un palmo de mi cara. No quería verlo, tan solo deseaba que todo aquello acabase pronto…

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