El Vendedor de Humos
o el blog de un escritor fracasado
sábado, 7 de marzo de 2026
Un nuevo salto al vacío
martes, 19 de abril de 2022
El intento (RELATO)
Hoy me he propuesto escribir un relato….
Creo que tendré que dejarlo para luego, tengo que
llevar la niña al colegio.
¿A ver cuál era la idea que tuve el otro día? Si no
recuerdo mal era sobre unos seres de una realidad alternativa a la nuestra…
¡Un momento! Creo que debería de limpiar un poco la
casa, está hecha una leonera. Me pongo en un momento con los baños, limpio el
polvo y de inmediato me pongo con el relato.
Cuando Musa comenzó aquel día, quizás su último
pensamiento fue que tendría que matar a Cronos para seguir existiendo…
¡Dios se me ha ido la mañana volando! Creo que
dejaré el relato para más tarde, tengo que ponerme a hacer la comida antes de
recoger a la peque del cole.
Aquí estoy sentado junto al conservatorio esperando a que Helena salga. Aprovecho el momento para seguir haciendo anotaciones sobre cómo quiero
que sea el relato. Por ejemplo, quiero que las Palabras tengan un significado
especial en este relato. Palabras que puedan usarse como armas.
Esta noche sin falta me pondré un rato cuando mi
niña se duerma, aunque para eso queda un buen rato, antes tengo que ayudarle
con los deberes, ducharla, etc.
Creo que lo dejaré para mañana. Espero tener más
tiempo. Trato de fijar la vista en la pantalla del ordenador, pero me caigo de
sueño….
miércoles, 30 de marzo de 2022
La Rutina (CUENTO)
El tiempo no está para perderlo sino para aprovecharlo,
por esto mismo jamás viste a Pedro ocioso, aunque siendo fieles a la verdad,
posiblemente nunca llegaste a toparte con él. Estaría ocupado. Encontrarlo parado más de treinta segundos en
un punto, resultaba tan inusual como encontrar mariposas en el baño. Pedro
siempre iba tan acelerado por la vida que incluso adelantaba al viento.
Su día comenzaba bien pronto, a eso de las cinco de
la madrugada. Nada más levantarse peregrinaba hasta la cocina para espabilar a
los electrodomésticos encargados de hacerle el desayuno. Mientras las máquinas
bostezaban haciendo su labor de manera perezosa, él aprovechaba para realizar
sus abluciones matutinas y enfundarse en un chándal. Cuatro minutos exactos.
Se mantenía en pie como la infantería a la espera de
una carga de caballería mientras desayunaba: una tostada con aceite y un café
ni demasiado caliente como para esperar a que se enfriase, ni demasiado frío
como para que resultase molesto a la garganta, aunque puesto a elegir lo
prefería frío con tal de no perder el tiempo. Aun así, tenía todo tan calculado
que el café y las tostadas siempre salían a la temperatura justa.
No había dado el último sorbo del café cuando salía
por la puerta de su casa. Siempre iba corriendo hasta el gimnasio, no por una
cuestión deportiva, sino más bien por no malgastar el tiempo haciendo ejercicio
de cardio allí. Treinta y tres minutos exactos de carrera, justo los necesarios
para mantener una buena resistencia.
Una vez en el centro deportivo torturaba sus
músculos durante exactamente una hora y cuarto, ni un minuto más, exactamente
los necesarios para tener un aspecto saludable, nada de músculos hipertrofiados,
ni nada tan nimio como parecer que no iba al gimnasio. A continuación, una
ducha de cuatro minutos y veinte segundos antes de emprender el camino hacia el
trabajo situado a menos de dos minutos de allí.
Una vez en el edificio donde se situaba su empresa,
no esperaba más de cuarenta segundos a la llegada del ascensor. Si el elevador
se retrasaba más de diez segundos, Pedro ascendía por las escaleras hasta la
planta séptima donde se situaba su oficina. Dos minutos y catorces segundos
exactos.
Se pasaba casi diez horas trabajando, tan sólo hacía
dos recesos a lo largo de la jornada, uno de doce minutos y treinta y tres
segundos para almorzar, la mayoría de las veces algún alimento precocinado que
tan sólo tenía que calentar y que para más inri le había llevado hasta su mesa
algunos de los becarios de la empresa, y el otro de apenas minuto y cincuenta y
dos segundos para tomar un café a media tarde.
Una vez concluida la jornada laboral, de vuelta a
casa paraba en alguna tienda para comprarse un sándwich que ir tomando de cena
mientras caminaba. Pedro gozaba de poca paciencia como para sentarse a comer.
Anhelaba llegar pronto a casa para poder sentarse frente al ordenador a
escribir la novela que lo sacaría de aquella vida monástica que él mismo se
había impuesto. “Quien algo desea, algo le cuesta”, se repetía mientras
tecleaba hasta las dos de la madrugada una de sus historias, historias que las
editoriales siempre rechazaban. “Su obra está muy bien escrita, pero no logramos
empatizar con ella. Es como si sus personajes estuviesen estresados y no
tuviesen alma”. Era la respuesta más habitual de las editoriales. Luego
empleaba diez minutos en leer un capítulo del libro que reposaba en su mesilla
de noche para empezar de nuevo el mismo maratón al día siguiente.
Pero por más que se empeñase Pedro, el mundo siempre
está en constante cambio.
Todo comenzó una mañana cuando el despertador
decidió adelantar los Idus de Marzo para traicionarlo. No le apuñaló como a
Cesar, pero sí lo hice emerger de la neblina del sueño cinco minutos más tarde.
Malhumorado miró el teléfono como sólo se puede observar a un enemigo. Le acusó
del retraso. En su fuero más interno, Pedro sintió como el despertador del móvil
se burlaba de él. Le había hecho perder un tiempo valiosísimo. Enfurecido,
estrelló el móvil esparciendo trozos de pantalla por toda la habitación como si
fuese la espuma de una ola al romper.
Aunque la rebeldía de las maquinas no se limitó al
móvil, tanto la tostadora como la cafetera decidieron acompañarlo en su
deserción como pudo comprobar tras miccionar y lavarse la cara. Ni se produjo
el milagro de convertirse el agua en café, ni el pan salió en su punto, escapó
de las entrañas de la máquina chamuscado como un campo tras pasar el ejército
enemigo por él. Tras maldecir hasta en siete ocasiones su suerte, haberlo hecho
más hubiese sido perder un tiempo precioso, decidió ayunar aquella mañana. Ya
repondría energía durante el almuerzo, pensó tras volverse atar los cordones de
las zapatillas deportivas, que ya se le habían desatado hasta en tres
ocasiones, antes de salir a correr hasta el gimnasio.
Sin entender muy bien porqué, tardó hasta siete
minutos más de lo habitual en realizar el trayecto. Quizás, el hecho de tenerse
que volver atar los cordones hasta en tres ocasiones más, tuviese algo que ver,
aunque también sintió como si sus piernas no le respondiesen. Como si hubiese
recuperado la visión, durante el recorrido descubrió cosas en las que no se
había fijado hasta entonces: vio como los operarios limpiaban las calles antes
de despuntar el alba, como una señora miraba resignada hacia el infinito
mientras su perro olisqueaba un árbol decidiendo si era el lugar adecuado para
defecar o simplemente como un vulgar gorrión bebía de un charco.
No quiso
darle más importancia de la necesaria a su demora y decidió ejercitarse como
todos los días, pero en su particular guerra contra Pedro, ni las máquinas del
gimnasio quisieron funcionar de forma correcta. Chirriaban con cada acometida o
simplemente se negaban a desarrollar su labor. Era una imitación de huelga de
brazos, en este caso metales, caídos. Ofuscado tras acometer los ejercicios
hasta en cuatro máquinas, decidió dejarlo antes de lo habitual. Posiblemente
hasta no le vendría mal. De esa forma casi podría recuperar el tiempo perdido
anteriormente.
Soportó la ducha de agua fría con estoicismo. Optó
por tomárselo con filosofía, gracias a eso acabó antes y recuperó varios
minutos que había perdido previamente. Pero si hubo algo que le hizo perder su
actitud de héroe de tragedia griega, eso sin duda fue el descubrimiento de una
serie de protuberancias en la planta de los pies. Lo notó mientras se colocaba
los calcetines. Con bastante asco los palpó. Maldijo hasta en siete ocasiones
su suerte. Había cogido hongos. Le ofuscó bastante aquel contratiempo. No
entendía cómo pese a llevar siempre zapatillas en la ducha los había cogido. Si
no fuese porque iba con prisa, se habría parado a poner una reclamación en la
recepción del gimnasio.
Por si no fuese poco, el trayecto habitual de dos
minutos se multiplicó inesperadamente por diez. Sin motivo aparente el suelo
parecía haber adquirido la cualidad del pegamento. Cada paso le supuso un
esfuerzo sobrehumano. Cada esfuerzo un poco más de frustración. La frustración
le hizo abandonar los zapatos como si fuesen dos barcos naufragados en mitad de
la calle.
Resoplando, llegó hasta la entrada del edificio de
su empresa. Pudo comprobar con hastío como la rebelión de las máquinas había
llegado hasta las últimas consecuencias. Los ascensores ese día no estaban
dispuestos a mover sus engranajes. Era como si se negarán a encerrar a los
empleados en sus jaulas laborales.
Con decisión
Pedro enfiló las escaleras, pero tal y como le había sucedido en la calle,
ascender hasta la segunda planta le supuso el mismo esfuerzo que coronar el
Everest. Hastiado, se quitó los calcetines, pero en el descansillo entre la
segunda y la tercera planta notó como las protuberancias de las plantas de los
pies se hacían mucho más prominentes, sin embargo, no estaba dispuesto a
rendirse.
Entre la cuarta y la quinta planta dejó un reguero
de sangre, mientras que, en el descansillo entre la sexta y la séptima, justo
la planta donde estaba su despacho, no le quedó otra que rendirse. Sus pies se
habían quedado anclados al suelo. Las protuberancias se habían transformado en
raíces. Dio igual cuanto gritase pidiendo ayuda, nadie lo oyó. Absolutamente
nadie en su oficina usaba las escaleras. Posiblemente el resto de empleados de
su empresa habrían esperado a que arreglasen los ascensores sin atreverse a
subir ni un solo peldaño.
Vencido, Pedro se dedicó a observar el mundo desde
un ventanal cercano durante días. No necesitó comer ni beber. Comenzó a
alimentarse del rocío de la mañana y de las partículas del viento. Enraizado en
su nueva posición en la vida, descubrió que tras contemplar la realidad desde
una perspectiva más calmada, podía escribir una buena historia, un relato con
alma, pero desgraciadamente era tarde. Inmóvil no podía hacer nada más que
observar.
martes, 22 de marzo de 2022
La Exhibición (CUENTO)
Al público le es indiferente la climatología. Le da
igual si hace un frío capaz de provocar estalactitas en las fosas nasales o si
hace un calor tan sofocante como para quemarte los pulmones cada vez que
intentas oxigenarte. Tampoco le importa si está lloviendo como cuando Noe
zarpó, en la fila siempre hay gente esperando. ¿Si lleva mucho tiempo
ocurriendo? Siempre fue así. Al menos durante los quince años que me he llevado
aquí trabajando, aunque según tengo entendido, ya era así desde mucho antes de
mi llegada.
Siempre hay gente congregada a las puertas del
recinto, aunque no siempre hay la misma afluencia. En ocasiones, nos cuesta dar
cabida a toda la multitud, especialmente los fines de semana, en otras, apenas
son media docena de almas anhelantes de su ración de emoción. Pero siempre se
lleva a cabo la exhibición. Nunca hemos tenido que suspenderlo. Hoy por
supuesto no iba a ser menos pese al escaso número, apenas cuatro personas. Algo
inusual.
No contamos con un nicho de mercado concreto, nada
más alejado de la realidad. Nuestra clientela no sólo se nutre sólo de bichos
raros y solitarios desdichados, aunque también los hay. Nos visitan gente
solitaria, parejas, grupos de amigos y de trabajo, familias al completo, etc.
Por poner un ejemplo: es habitual ver los domingos a abuelas y nietos
compartiendo la experiencia. Como veis nuestro público objetivo es la población
en general. Por nuestras instalaciones ha pasado, desde gente muy humilde a la jet
set, desde la persona más analfabeta al más reputado literato, desde el
señor que engorda en la barra de un bar a los más afamados deportistas. Por
ejemplo, hoy contamos con un magnate, una pareja de reconocidos influencers
y una ama de casa de unos cincuenta años. Sin duda una fauna muy variada
¿Pero en qué consiste la exhibición? Tranquilidad,
no hay ninguna prisa.
Todo comienza con el reparto de números entre el
público antes de sentarse en las gradas. Una persona, un número, esa es la
norma. Si no lo aceptas olvídate de entrar. La mayoría del público suele
admitirlo con indiferencia, casi la misma que cuando participas en la compra de
un decimo de la lotería de Navidad con la gente de la oficina, asumiendo que lo
más probable es que no te vaya a tocar. No
obstante, hay quienes reciben el número casi con la misma devoción que si
esperasen la intervención de un cristo milagrero. Hoy, por ejemplo, el magnate
tan siquiera se ha molestado en mirarlo, es más dudo que sepa cuál es, la
pareja de influencers, con ilusión bromea acerca de cuál de ellos deberá grabar
al otro, mientras que la ama de casa es la única que lo recibe con resignación
cristiana.
A falta de cinco minutos del comienzo, hace
aparición el señor notario para dar fe del resultado del sorteo. Mi empresa
siempre ha pretendido mantener sin macula su buen nombre. Con este gesto eluden
ser acusados de fraude. En esta ocasión el número seleccionado ha sido el tres,
el número asignado a la chica influencer. La reacción del resto del
público es diversa, el novio emocionado le promete grabar hasta el último
detalle de la exhibición, el magnate se mantiene impasible, mientras que la ama
de casa suspira aliviada.
Antes de ingresar a la instalación mi compañera
cachea a la joven en busca de algún artilugio que desvirtué la exhibición. Ante
todo, mi empresa vela por cumplir de forma escrupulosas las normas. En esta
ocasión la búsqueda da como resultado una pequeña cámara camuflada en un botón
del pantalón. No es la primera que lo intentan. Pero si por algo se apuesta en
este zoo es por la experiencia en primera persona, nada de videos grabados en
modo subjetivo.
Desde mi posición privilegiada puedo ver como la
chica tiembla, pese a la sonrisa que trata de impostar mientras mira hacia el
teléfono móvil de su pareja. Sabe que le están viendo en directo cientos de
seguidores en Instagram. Casi los puede sentir, como puede sentir las palabras
de aliento de su pareja, aunque da igual cuanto la jalee porque nada más
quedarse sola se ha orinado encima. No me sorprende, es una reacción normal.
Por más que trates de mostrar entereza u orgullo, el miedo es una reacción
natural del ser humano y no es para menos cuando ves aparecer ante ti a una
bestia de casi dos cientos kilos, lo increíble sería lo contrario, aunque
inconscientes hay en todas partes y en todos estos años de profesión he visto
más de uno.
De manera instintiva la chica corre desesperada en
todas direcciones a sabiendas que no tiene escapatoria. Cronos le observa casi
con apatía. No tiene intención de malgastar sus fuerzas corriendo tras ella. Espera
a que se canse para aproximarse a la influencer
casi con curiosidad. Entonces da comienzo su juego. Se tumba frente a la
agraciada y comienza a comportarse de la misma forma que lo haría un gato doméstico.
Se retuerce boca arriba a la espera de que le toque la barriga, es más, incluso
ronronea de forma melosa buscando la complicidad de quien comparte con él el
protagonismo de la exhibición. Cuando la persona está más confiada rascándole
la cabeza es cuando aprovecha para arrancarle el brazo de cuajo.
Hay quienes olvidan que un león, por muy criado en
cautividad que esté, no deja de ser un animal salvaje. Nadie entiende mejor esa
premisa que yo. Veo cómo actúa a diario, soy yo quien le limpia su instalación
y soy yo el único que le habla. Sé cómo funciona su mente. Conozco su estado de
ánimo a la perfección. Por ejemplo, si nada más salir al coso corre tras la
víctima es porque no tiene muchas ganas de jaleo, suele sucederle los fines de
semanas cuando más espectadores hay. No le gusta los gritos, ni los exabruptos.
Pero si la cosa está tranquila como hoy le gusta tomárselo con calma,
regodearse. Aunque digamos que por norma le gusta disfrutar de la comida. Se lo
toma como un juego. Deja que su ración se confíe para luego demostrarle todo su
poder. En este caso le ha permitido que lo toque, pero no conforme con eso,
tras arrancarle el brazo, le ha dado la posibilidad de levantarse. No se le
puede negar afán de supervivencia a la joven que ha vuelto a correr por el coso
mientras su novio no deja de grabar, (pese al horror de la escena). Mientras el magnate aplaude satisfecho con el
espectáculo y la ama de casa balbucea por lo bajo una oración. Con pereza mi
león le ha seguido antes de darle con la pezuña en la espalda para volverla a
caer. A continuación, se ha limitado a morderle el pie izquierdo antes de
lanzar un rugido hacia la grada para recordarle al público quien es realmente
la estrella. Deja pasar unos minutos mientras la muchacha se arrastra por el
suelo ensangrentada antes de asestarle la dentellada final. Una vez muerta se
limita a arrastrar el cuerpo hasta el interior de su cubil.
¿Cómo es posible que el público se preste a esta
carnicería? Porque en el fondo todos asumen que tarde o temprano la bestia
acabará con ellos o con sus familias, lo asimilan como un mal necesario. ¿O
cómo se entiende que madres acudan al espectáculo con sus hijos cuando no hay
posibilidad de intercambiar los puestos si son elegidos? Pero mientras no sean
los elegidos disfrutan del espectáculo. Aunque teóricamente esté mal visto, la
gente se divierte viendo trabajar a la bestia. No me negaréis que no resulta
morboso. Y tan sólo por el precio de una entrada de zoo. No es de extrañar que
el público más tarde o más temprano acabe repitiendo la visita.
Aun así, hay quienes no asumen la muerte como algo
inevitable. Existen ilusos capaces de arrodillarse a rezar a la espera de la
intervención de un dios que jamás aparece. Pero no creo que estos sean los
peores. Hay otros tantos, sin duda los más ingenuos, que se enfrentan a la
Bestia pensando que le pueden vencer. Como si eso fuese posible, básicamente
porque no entienden cómo funciona la mente de Cronos como la entiendo yo…
...Nadie debería de hablar sobre la muerte sin
haberla mirado a los ojos. Nadie debería de hablar sobre cómo se comporta
Cronos sin haberse puesto frente a él. Yo nunca debí afirmar, no sin cierta
prepotencia, que conocía a la Bestia, no al menos hasta estar a su lado sin
elementos de seguridad como hasta ahora. Es por eso que hoy no hubo sorteo
antes de la exhibición.
No me costó mucho convencer a la dirección del zoo,
pese a las tímidas reticencias iniciales. Unas reticencias basadas en un
argumento tan nimio como que debía ser el azar quien alimentara al león. “Permitan al público ver algo diferente. Más
tarde o más temprano se terminarán cansando de ver morir a gente. Dejen que vean
como el ser humano es capaz de dominar a la Bestia”, repliqué convencido.
Durante varios segundos tanto la gerente como el jefe principal cruzaron una
mirada valorando la opción. Vi un destello irónico en la mirada de ella antes
de aceptar mi propuesta. “De acuerdo entrarás en el próximo pase”.
Entrar en el coso donde se llevaba a cabo la
exhibición fue para mí como orinar por las mañanas nada más levantarme, un acto
rutinario. Lo llevo haciendo más de doce años cuando fui destinado a este
departamento del zoo. Quizás si esta propuesta hubiese llegado en mis comienzos
como cuidador del león, si me habría orinado encima. Admito que no fue fácil al
principio. Mi primer día tuve que recoger de la instalación la cabeza de una
niña a la que Crono se la había arrancado de un zarpazo. No sólo vomité, me
llevé dos semanas con pesadillas. Cada noche me despertaba pensando que la
testa descansaba en mi mesita de noche. Pero como sucede con todo en esta vida,
la fuerza de la costumbre te hace asimilar hasta las imágenes más cruentas. Sin
ir más lejos, ayer mismo limpié las vísceras de un anciano mientras me comía un
bocadillo de chorizo. Tampoco te acaban afectando sus historias cuando la oyes
de boca de algún conocido. Sin ir más lejos, según oí, a este hombre no hacía
ni dos días lo habían desahuciado no solo de su casa, también de la vida. Los
médicos le habían dado menos de un año de vida. ¿Y pensáis que eso me afecta?
Para nada. Cada día muere millones de persona en el mundo y el planeta sigue
girando.
Tampoco me preocupé cuando vi salir a Cronos con
paso vacilante. Me quedé estático mientras lo miraba directamente a los ojos. Como
respuesta bostezó como si no entendiera que hacía yo allí. Él estaba
acostumbrado a verme a través de un cristal en la parte trasera de la
instalación. Allí me solía sentar a hablarle. Le informaba a diario sobre la
crueldad del mundo. Le hacía ver que, pese a su aparente voracidad, él era lo
menos nocivo de este planeta. Como bestia sólo servía a su instinto, nada más.
Y quizás, si alguien se hubiese preocupado en educarle, sería diferente.
Siempre encontraba la misma respuesta por su parte. Aproximaba su cabeza al
cristal a la espera de una caricia que yo no podía entregarle.
—Soy yo, Cronos—le hablé mientras me estudiaba desde
lejos—. He venido a demostrarle que tú no eres malo. Ellos tan sólo se fijan en
ti como un ser cruel porque jamás te han dado la oportunidad de ser de otra
forma. Yo si veo en ti bondad, una bondad de la que ellos carecen. —Señalé a
las gradas—. A ellos le gusta el sufrimiento. Tú eres diferente.
Fui caminando con la mano levantada hacia él
obteniendo como respuesta un suave ronroneo similar al de los gatos cuando
buscan el cariño de sus dueños. Se dejó tocar la melena mientras se rozaba con
mi cuerpo como un simple cachorro.
Satisfecho por la reacción de la Bestia alcé la
vista para comprobar como en la última fila estaban sentados tanto la gerente
como el jefe principal del zoo mirando con expectación al coso.
—Muy bien, Cronos, lo estás haciendo muy bien—le
susurré al oído. —Ya sólo queda llevar a cabo la última parte del plan. Ahora
te toca rebelarte contra quienes te apresaron. Fíjate en el fondo. Esa mujer y
ese hombre son los culpables. Ellos te hicieron ser así.
Como respuesta la bestia lanzó un rugido atronador
contra la grada donde yo le señalaba. Yo sabía que él quería rebelarse contra
lo establecido. Yo lo había hablado muchas veces con él.
—Tan sólo tienes que saltar ese cristal. No tengas
miedo. Yo sé que tú eres capaz. No tengas miedo. Ve y devórales—le azucé.
Impulsado por mis palabras el león se apartó de mí.
Con paso decidido se aproximó al cristal que yo le había indicado. Rugió
nuevamente antes de amagar con saltar porque en el último momento pareció
arrepentirse. Fue entonces cuando se giró hacia mí con las fauces abiertas.
Cuando Cronos tiene hambre le da igual si la comida es una desconocida o una
mano amiga. Mi único consuelo: fue directo al cuello y acabó con mi vida.
…Hoy es mi primer día como cuidadora del león. Según
me han contado el anterior cuidador se ofreció como sacrificio en una de las
exhibiciones. Según los rumores, dicen que se creía capaz de dominar a la
bestia. Iluso.
Lejos de lo que puedan creer estoy contenta con el
traslado, he pasado por diferentes departamentos y quizás este sea el menos
cruel de este zoo llamado mundo…
lunes, 21 de febrero de 2022
SANGRE DE CHICHINABO (Reflexión sobre novelas negras y policiacas)
No hace mucho hablando con un compañero de trabajo sobre novelas negras y policiacas, particularmente de recientes éxitos de ventas, llegamos a la misma conclusión, pese a que la mayoría resultar son bastante entretenidas, "la sangre de estas historias es muy fácil de limpiar". Me explico, por si alguien no entendió la metáfora. Muchos de estos éxitos de ventas parten de una premisa impactante, una muerte especialmente sangrienta y llamativa, algo que sin duda atrae inmediatamente. El problema llega cuando la historia comienza a desarrollarse.
¿No tenéis la impresión de que los personajes se mueven en un decorado más hecho para parecer una representación teatral o una película que a la vida real? A mi al menos me cuesta empatizar con ellos. Tengo una impresión: es como si quién escribió la obra te dijese sutilmente: "no te preocupes cualquier sufrimiento que veas aquí no te afectará y se acaba en cuanto cierres el libro".
¿Y qué decir del desarrollo de la historias? El género, salvo honorables excepciones, se nutre de tópicos y clichés. Da la sensación de no querer inquietar a quienes los leen. Es como si les dijesen: "No es preocupéis, pese al impacto inicial, no pretendemos sacaros de vuestra zona de confort lectora". Para empezar a la hora de crear al personaje principal, en la mayor parte de los casos, una inspectora o inspector de policía, se nos presenta un personaje con un pasado traumático que a través de la resolución del caso quiere redimir sus pecados o aliviar sus penas pasadas. Todo el afán por resolver el caso no lo hace por hacer justicia sino más bien por redimir sus pecados o subsanar errores del pasado. En muchos casos la propia historia del protagonista quita el protagonismo a la premisa inicial. Las muertes dejan de importar. Y pese a todo, el protagonista carece de aristas. Hecho que se hace más evidente en el caso de quienes colaboran con el protagonista, en muchos casos son mera comparsa que sólo sirven como escuderos. Por su puesto entre estos no puede faltar al miembro del equipo al que odia con todas sus fuerzas al comienzo, pero del cual termina enamorándose. El tópico del "enemies to lovers" está servido.
Luego, también comentar que conforme avanzan muchas de las tramas, que un principio resultan tan impactantes, van perdiendo fuerza, van cayendo en la monotonía e incluso en muchos casos resultan inverosímiles. Es cierto, que dentro de la ficción alguien se puede tomar ciertas licencias, pero en el acuerdo tácito de aceptar esa historias, hay cosas que no se sostienen. Os pondré un ejemplo, en un libro que leí hace poco, el protagonista era incapaz de romper con una silla un cristal blindado, pero sin embargo, lanzando una cabeza cercenada se hacía añicos. Cuando leemos buscamos un mínimo de coherencia. También os puedo hablar de quien se toma la libertad de situar feriantes gitanos, con todas las características de los españoles, en una feria de un condado de Minnesota.
En ningún caso niego su capacidad de entretener, pero de ahí ha definirlas como el culmen de la originalidad dentro del género hay un mundo. ¿Cuál es vuestra opinión al respecto?
viernes, 13 de agosto de 2021
Oferta de trabajo temporal (Relato sobre viajes temporales)
![]() |
Oferta de trabajo:
Prestigiosa empresa de Física precisa de personal
para cubrir una vacante como viajera/o temporal. Si lo que buscas es un trabajo
a tiempo parcial, te gustan las emociones fuertes y un ambiente de trabajo
diferente, esta es tu oportunidad. No requiere de experiencia previa ni
formación académica.
Ya puedes enviar tu curriculum vitae y contarnos
porqué deberías de trabajar con nosotres al correo electrónico: vacanteviajestemporales@elrelojinfinito.org
La selección se hará mediante entrevista.
—Bienvenido, caballero. No sea tímido. Siéntese.
—Disculpe hace mucho tiempo que no acudía a una
entrevista de trabajo.
—¿Podría decirnos su nombre?
—Abel López Avellán.
—¿Edad?
—Cincuenta y…dos años…pero…perdonen…en el anuncio no
decía nada acerca de la edad…
—No se preocupe, hombre. Nosotros no rechazamos a
nadie por su edad. Es tan sólo para conocer mejor a nuestros candidatos y
candidatas.
—Me había preocupado. En las últimas entrevistas de
trabajo a las que fui me invitaron a salir nada más conocer mi edad.
Normalmente prefieren gente joven.
—No es este el caso…
—No sabe cuánto me alivia. Ser cincuentón y amo de
casa no suele estar muy bien visto por la mayoría de empresas…
—Siguiente pregunta. ¿Qué espera de este trabajo?
—Más allá de poder meter un poco de dinero en casa,
me gustaría…mejor no se lo digo…se va usted a reír de mí.
—Por favor, no sea tímido. Cuéntenos.
—Me gustaría poder viajar en algún momento a 2014.
—¿Cuál es el motivo?
—Me gustaría evitar que Sergio Ramos marcase el gol
del empate en la final de Lisboa. No sabes la tabarra que me sigue dando mi
cuñado con el tema. Que si los atléticos no estamos hechos para ganar, que si
somos unos llorones, que si somos unos pupas. Y me repatea. Si pudiera cambiar
ese momento sería el hombre más feliz del mundo. ¿Me entienden? De algún equipo
serán, ¿no? ¡¿O me van a decir que son también del Madrid?!
—Cálmese, caballero. No es necesario que nos grite.
Le oímos igual de bien en un tono más bajo de voz.
—Perdón. Pero es acordarme y ponerme nervioso.
—Empatizamos con su emoción, aunque no compartamos
su gusto por el fútbol.
—¡No me diga por favor nada relacionado con empatar
que me pongo de los nervios!
(Pasan unos segundos de silencio)
—¿Entonces estoy contratado?
—Aún no, señor. Nos gustaría entrevistar antes al
resto de candidatos y candidatas que aún esperan su oportunidad para valorar
quien se adecua mejor al puesto.
—¿Necesitan saber algo más?
—No. Ya contamos con la información necesaria.
—De acuerdo.
—Si es tan amable puede salir por esa puerta.
Gracias por su tiempo. Ya lo llamaremos.
(Abel López Avellán descartado.
Demasiado visceral. Pondría en riesgo cualquier misión).
—¿No me digan que les ha parecido mal que me siente
sin que me digan nada?
—Para nada. Nos gusta que nuestro personal muestre
iniciativa.
—¿Saben algo que no aguanto? Los jefes que se
encargan constantemente de demostrarte que estás por debajo suya. Es más, me
llegan a decir que les ha molestado que me siente sin su permiso y los mando
inmediatamente a la mierda…
—No es ese nuestro caso. Apostamos por el trabajo
horizontal. Cada miembro de esta empresa es un engranaje tan importante como
otro. Funcionamos mejor aportando entre todes…
—Que sí, que sí. Todo muy bonito, pero luego a la
hora de la verdad, bien que tiráis de jerarquías. ¿Cuándo podría empezar?
—Paciencia. Necesitamos hacerle una serie de
preguntas para saber si su perfil encaja con aquello que buscamos.
—Pues pregunta.
—¿Cuál es su nombre?
—Jota.
—¿Jota? ¿Así a secas? ¿Nada más?
—Sí. ¡¿No le vale cómo nombre?!
—Por supuesto que nos vale como nombre. No tenemos
ningún impedimento en dirigirnos a usted como Jota, pero debe comprender que si
llegamos a contratarla necesitaremos su nombre, digamos, legal.
—Ja..Jacinta Puentes Ríos…¡Pero cómo se atrevan a
dirigirse a mí de esa forma o a decir
algo acerca del nombre les juro que tendremos problemas!
—No se preocupe, Jota. ¿Edad?
—La suficiente como para aceptar un trabajo. ¿Les
vale con eso?
—Perfecto. Y ahora díganos, ¿qué espera de este
trabajo?
—Poder viajar en el tiempo. ¿O es una mentira que
han anunciado para captarnos?
—No es ninguna mentira. Somos una empresa seria como
podrá comprobar si acaba trabajando con nosotres.
—Tendré que creérmelo…
—¿Y para qué exactamente quiere viajar en el tiempo?
—Quiero matar a Hitler.
—¿Lo dice en serio?
—¿Y por qué no lo iba a decir en serio? ¿Me ven cara
de loca?
—En ningún momento hemos dicho eso…
—¿Entonces por qué me miran así? ¿Acaso son nazi?
—Por supuesto que no. Nosotres creemos en las
libertades. Nuestras caras de asombro son porque no sé si es consciente de lo
que implica modificar la Historia.
—¡Oigan, que no soy tonta!¡Ya sé que lo dicen por
las paradojas temporales y todas esas mierdas científicas! ¿Pero acaso no
merece el mundo devolver la mirada atrás y no ver a gente como Hitler?
—No es la misión de esta empresa modificar la
Historia sino más bien contemplarla con exactitud mediante los viajes en el
tiempo. Además, ¿crees que matando a Hitler acabarías con la maldad del mundo?
—¡Claro que no! Por eso me he hecho está lista para
acabar con todos los conquistadores de la Historia. Dejen que les lea:
Hannibal, Julio Cesár, Pizarro…
—Suficiente. Le hemos entendido a la perfección.
—Entonces no les valgo como empleada, ¿me equivoco?
—Lo sentimos. No cumple con el perfil.
—Al menos no podrá decir mi madre que no he
intentado encontrar trabajo…
Jacinta Puentes Ríos:
autodescartada.
—Buenos días. Siéntese.
—No
se preocupe. Me quedó mejor de pie. Conozco a la perfección como funcionan las
empresas de viajes temporales y por paradójico que resulten no disponen de
mucho tiempo. Así que si lo prefieren le voy dando mis datos.
—Me
parece perfecto.
—Mi
nombre es Lidia Sánchez Díaz. Tengo treinta y cuatro años. Soy licenciada en
Historia por la Universidad de Cádiz y el motivo por el que me presento a esta
selección de personal no es otra que un afán académico y pedagógico. Creo que
la Historia ha de ser vista y expuesta con la mayor rigurosidad posible sin
contaminación de elementos ajenos.
—Déjeme
admitirle que me ha dejado sorprendida. Hasta ahora nadie había expuesto los
motivos para ser contratado con tanta vehemencia como lo ha hecho usted.
Permítame felicitarle. El puesto es suyo.
—Me
parece genial, pero a riesgo de ser grosero me gustaría conocer las condiciones
laborales…
—Está
en todo su derecho de saberlas. La
jornada laboral es de cuarenta horas semanales…
—¿Pero
esas cuarentas horas son reales?
—No
le acabo de entender.
—Pueden
ser cuarenta horas que paso de expedición por otras zonas temporales o sólo
contar las transcurridas desde mi marcha a otro punto temporal hasta mi regreso
a la época actual.
—Esas
cuarentas horas son computables desde que usted sale de misión hasta que
regresa. Más o menos por viaje nuestros técnicos vienen a tardar una hora.
—Me
temía que sería así. ¿Y de sueldo? ¿De cuánto estamos hablando?
—El
salario mínimo interprofesional.
—Bueno…
—¿Le
parece escaso? Tengan en cuenta que no es un trabajo que requiera un gran
desgaste físico. ¿Tiene alguna cuestión más?
—Sí,
una última. ¿Dais de alta en la seguridad social?
—No.
Eso debe hacerlo usted mismo. El contrato que le ofrecemos es como autónomo del
que hacemos uso.
—¡No
sé porque me sospechaba que sería así!¡Como el resto de empresas de este tipo!
—¿Entonces
no está interesada en el puesto?
—No.
Ya tengo la suficiente experiencia en el sector como para volver a trabajar de
forma precaria. Y déjeme que les de un consejo: Analicen menos el pasado y
dedíquense a solventar el presente dando puestos de trabajos dignos. Hasta
otra.
Lidia Sánchez Díaz: hubiese sido la candidata ideal de no
ser por una nimiedad: quería derechos laborales dignos.
martes, 20 de julio de 2021
Entrevista a una inspectora de policía (Castings para personajes de mi nueva novela, entrevista 2)
—¡Hostia! ¡Menudo susto me ha dado! ¡No esperaba que entrase de sopetón!
—Si realmente quieres lograr tu objetivo tienes que hacer las cosas con decisión, tal como he hecho yo. Nada de medias tintas. ¿O cómo cree que logré capturar a todos esos asesinos en serie? Pues dejándome llevar por los impulsos. ¡Me cago en la hostia! Tal como he hecho ahora.
—Me parece estupendo. Me gusta los personajes con iniciativa, pero permítame asustarme. No estoy acostumbrado a que me aborden de esa manera cuando estoy distraído.
—Pues váyase acostumbrado, es lo que le traigo para su novela. Una protagonista decidida. Inteligente. Que sabe resolver asesinatos con apenas dos datos. Alguien que sabe cómo se deben hacer las cosas.
—Me parece muy bien, pero quizás lo que estoy buscando es algo más convencional digamos. Quizás una inspectora de policía, más real, más de andar por casa. Alguien quizás con menos testiculitis.
—¿Estás insinuando que soy una insensible? Eso lo dirá porque no sabes los traumas que he tenido y sigo teniendo en mi vida.
—Tampoco pretendo sacar con esta entrevista su intimidad.
—Pues lo ha hecho. Figúrese, mi padre me odiaba porque quería un hijo varón en lugar de un niña, por eso me tuve que mostrar fuerte durante toda mi vida. Luego, tras haber capturado a más de cinco serial killer, me enamoré de mi compañero de trabajo, el cual me abandonó por otra de nuestras compañeras, dejando a mi cargo un hijo que acabaron secuestrando. ¿Le parece poco?
—No, pero siento decirle que no encaja dentro de mi novela. Yo busco a alguien más real. Un policía que le preocupe que su hijo no está rindiendo en el colegio, o una inspectora que odie a su suegra. No sé algo más real.
—Usted sabrá. Pero yo como personaje valgo un bestseller.
—De acuerdo. Lo asumiré.
—Como tendrá que asumir la investigación policial cuando encuentre sus huellas en varios cadáveres...
—¿Qué dice? No le oí bien al hablar tan bajito.
—Nada, nada. Cosas de policías...


