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lunes, 24 de febrero de 2014

Vigilando Baelo Claudia



 —Aquí Alfa Bravo a Tango 7, ¿me recibes?— resonó una voz a través del walkie talkie.
Tomás déjate de estupideces de las tuyas.—respondió otra voz con malestar través de la línea.
¡Qué poco sentido del humor tienes hombre! —resopló el aludido.
Es que el rollo militar tuyo ya empieza a cansar, ¿no podrías tomarte tu trabajo más en serio?
Solo intento hacer más llevadero este turno de mierda que nos ha tocado...—se escudó.— Tantas noches seguidas aburren al más pintado...
Cómo se nota que eres un crío.— sonrió el “supuesto Alfa Bravo”.
Eran ya casi seis meses los que Alfredo llevaba de compañero de turno de noche de Tomás, y aún no se acostumbraba a sus continuas bromas, aparte de esa forma tan infantil de tomarse el trabajo. Pese a sus protestas, Tomás le caía bien, porque aquel jovencito fornido de gimnasio, de apenas diecinueve años, era un chico “legal”, de los que iban de frente, sin tapujos ni embustes, no como esos otros compañeros de su quinta, cincuentones resabiados, que su único interés era dormir el máximo posible, siempre y cuando su inspector no se pasase por los restos arqueológicos a fastidiar la noche, porque tanto Alfredo como Tomás trabajaban como seguridad en las ruinas de la ciudad romana de Baelo Claudia, una de las más importante de la península ibérica, situada a escasos metros de la playa de Bolonia, donde una enorme duna , la más grande de Europa, vigilaba majestuosa el mar, en el término municipal de Tarifa.
A fin de cuentas, porque me llamabas...—quiso saber Alfredo.
Me dirijo al sector 4G para realizar una inspección visual.
¿Podrías dejar de hablarme en clave por una vez?
Perdón, me refiero a que voy hacia la zona del teatro porque he estado escuchando ruidos allí.
¿Y bien?
Pues para que estés listo para echarme un cable.—le pidió.-Posiblemente se trate de algunos vándalos que han querido hacer la gracia haciendo un botellón aquí dentro.
De acuerdo. Estaré atento a las pantallas por si tengo que ir en tu búsqueda.
¡Por lo que más quiera no te vayas a poner a comer ahora, que con lo gordo que estás reventarás si sales corriendo a ayudarme!—bromeó el joven.
Ve tranquilo idiota.-rió sin molestarse por la puya.—Corto la comunicación.
Mientras Tomás caminaba por el sendero esperando sorprender a un grupo de jóvenes haciendo una raven, es decir una de esas fiestas ilegales donde los asistentes se ponen hasta las cejas de drogas, sintió que el ruido inicial del bullicio de pasos no era tal, y que en lugar de oír música mientras se acercaba, el sonido que llegó hasta sus oídos fue como si un animal resoplase con fuerza.
Una vez estuvo lo suficientemente cerca del teatro, divisó en la arena central del edificio, la silueta de un ser astado.
Alfredo, creo que lo que se nos ha colado ha sido un toro.—informó a su compañero.
Eso parece, por lo que veo en las pantallas.-reafirmó.—Aunque desde aquí parece más grande de lo habitual, pero vaya quizás sea porque no se distingue bien por la oscuridad.
Me acercaré un poco más a echar un vistazo.—declaró.-Lo que me resulta extraño es que no me suena que por aquí cerca haya ninguna ganadería.
Tu voz delata miedo.-se burló.—¿Quieres que te pase un capote?
Vete a la mierda.—cortó la comunicación.
Continuó caminando con precaución entre las gradas del teatro. Conforme más se iba acercando al foso más grande parecía ser su silueta. Podría haberlo divisado mucho mejor de no ser porque su pie chocó con una piedra, trastabillando hasta caer en el interior, momento en el cual el animal giró su cabeza soltando un fuerte bufido.
Tomás no había contado que aquel supuesto toro se irguiese sobre sus cuartos traseros dejando a la vista un enorme torso similar al de un hombre pero de mayor envergadura a la del hombre más fuerte que conociese. Aquello debía de tratarse de alguna clase de alucinación porque el vigilante no podía dar crédito a sus ojos. Medía más de dos metros y medios, y pese a su complexión humana, su cráneo era el de un astado.
Alfredo, Alfredo, necesito que vengas.—gritó a través del walkie.
No obtuvo respuesta, seguramente su compañero se había puesto a comer haciendo caso omiso de las pantallas y del transmisor. Consciente de que estaba solo y sin ninguna clase de ayuda, decidió emprender la huida lo antes posible, era la opción más acertada sino hubiese sido porque aquella criatura con menos de dos pasos logró darle alcance.
¡No me haga daño!—suplicó sintiendo como se le humedecía el pantalón tras no poder controlar su vejiga por el miedo. Un fuerte brazo lo alzaba por el cuello a más de medio metro del suelo. Pero cualquier palabra resultaba inútil ante aquella criatura que volvió a bufar en su cara. Sin contemplación los dedos de la criatura se cerraron con fuerza sobre su presa hasta romperle el cuello.
Se había despistado tan solo un momento para coger un refresco de la nevera de la garita cuando Alfredo volvió a posar su mirada sobre una de las pantallas de seguridad, comprobando como el cuerpo roto de su compañero yacía sobre la arena del teatro romano como si de un muñeco de trapo se tratase mientras el ser astado se alejaba. Conmocionado, no pudo mover ni un musculo. Llorando se culpó de la muerte de aquel joven por no haber estado lo suficientemente pendiente. De haber acudido en su ayuda quizás nada de aquello hubiese sucedido...