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viernes, 5 de julio de 2013

¡Cuidate de que no falte nada!

Debo de reconocer que quizás la parte que menos me gusta de crear una novela, es el proceso final, la parte de la revisión, más que nada porque es la que deja menos a la imaginación, pero sin embargo el paso más necesario de todos. Quizás a nadie le interese esto de lo que vengo hablando, y piense que si no lo contase no pasaría nada, sin embargo quiero que entendáis de la importancia de llevar a cabo una buena revisión.
En nuestra condición de arquitectos de historias, en muchas ocasiones cuando comenzamos a narrar lo hacemos sin pensar del todo en el guión que nos hemos prefijado, o bien por dejadez, o bien porque la imaginación nos ha abstraído mientras narramos nuestra historia, es por eso que una vez vemos construida nuestro libro debamos de fijarnos, porque quizás en ese pequeño detalle que podemos creer sin importancia que nos falta haga desmoronarse todo. Es como si un médico se olvidase durante una operación un poco de algodón, en apariencia algo inofensivo pero que a larga produciría daños irreparables, o en un ejemplo más literario es como si en un poema faltase alguna de las rimas.
Luego fuera aparte de la revisión de la historia, aparece la revisión lingüística, y es que hemos podido inventar la historia definitiva, el cumbre de la narrativa, el best-seller entre los best-seller, pero de nada servirá si un lenguaje apropiado, así que hay que lanzarse con la meticulosidad de un detective en el texto, buscar discordancia entre tiempos verbales, no repetir en demasía ciertas palabras, y sobre todo atraer semánticamente al lector.
Como veis es un proceso complejo que no solo lo hace el autor en soledad, sino que se repite cuando alguna editorial ha aceptado tu manuscrito. Podéis comprobar como una novela es un trabajo arduo y comparable al trabajo de dios, aunque si me permitis la osadía, él hizo el mundo en siete días, y así quedó, mientras que yo tardé meses en revisar Las Puertas de las Rimas, que os invito a leer.