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viernes, 2 de mayo de 2014

Una muerte maquillada


Desde pequeña a Victoria le habían considerado una persona con una sensibilidad especial. Las viejas de su barrio la consideraban una mujer diferente, pues había una leyenda acerca de su nacimiento. Según las habladurías había llorado en el vientre de su mano, presuponiéndolo algún don celestial, aunque la realidad era bien distinta. Simplemente era una capaz de ver los detalles más imperceptibles.
Pese al halo de santidad, su vida jamás había resultado ser un camino de rosas, sino al contrario, un espeso sendero de espinas por donde se debía de sortear las vicisitudes de la rutina. Para comenzar, jamás tuvo una madre a quien pedir un beso, la suya murió durante su alumbramiento. Quedó como la más pequeña de su casa, en un hogar donde convivía con otros seis hermanos, todo ellos varones, y con su padre, un ser inepto incapaz de asumir la responsabilidad del trabajo debido a un marcado alcoholismo. Su único referente femenino fue su abuela paterna, una mujer estricta incapaz de demostrar el más mínimo indicio de sensibilidad, que pronto se encargó de convertirse en una severa instructora.
Llegada la adolescencia jamás le llamó la atención los entresijos del amor, aunque no precisamente por falta de candidatos, pues fueron muchos los que se aproximaron a su reja con intención de galantear. Victoria prefería la soledad a la compañía, ya fuese masculina o de su mismo sexo. Se ensimismaba en sus propios pensamientos, o dejaba volar la imaginación a través de los libros, pues si algo, o mejor dicho, de lo poco que debía agradecer a su abuela, era el haberla enseñado a leer. Su pasión por los libros era su mejor vía de escape a una vida monótona.
Fue a sus diecinueve años cuando nació su mito en la ciudad. Una tarde, apareció una vecina en su casa llorando desconsolada. Habían asesinado a su marido. Un comentario desafortunado en el tabanco había causado una rencilla con otro parroquiano con el resultado de una inesperada muerte. Entre varios amigos lo habían llevado herido hasta su casa donde murió en su cama a causa de las heridas producidas por varias cuchilladas. Su cuerpo había quedado destrozado. El rostro del fallecido era un surco de líneas de sangre. Y lo peor de todo, aquella vecina no hallaba a nadie que se encargarse de adecentar a su marido para el velatorio. Además era deshonroso presentar la muerte como resultado de una camorra.
Victoria, quien se había mostrado como un ser silencio, se mostró como voluntaria a tratar el cuerpo antes de ser velado. Sin ayuda de nadie se encerró en la habitación a solas con el cadáver. No le provocaba ningún miedo. Ella no veía el lado tenebroso en aquel trabajo, tras tomar una palangana, agua, y varios enseres más. Aquel muerto solo suponía un reto hacia su persona.
Lo desvistió con solemnidad dejando al aire cada una de las heridas producidas por el arma homicida. Con ayuda de una esponja y mucha agua limpió la sangre hasta no dejar el menor rastro de la misma. No le convenció nada dejarlo de aquella guisa. No le resultaba atractiva la opción de dejarlo viajar hacia el mundo eterno abierto en canal como si de un cerdo descuartizado se tratase. Se hizo con aguja e hilo. Con certero trazo fue hilvanando las aperturas corporales hasta dejarlas completamente cerradas.
No contenta con su “taller de costura”, decidió maquillar las heridas, tanto del cuerpo, como de la cara. En último término lo vistió con su mejor ropa dejando todo listo para iniciar el velatorio.
Los ojos de los familiares, amigos, vecinos y curiosos en general que se habían pasado a velar al féretro no daban crédito. Las evidencias de las heridas no eran perceptibles. A la mayoría la sensación al ver el cuerpo era de haber fallecido mientras dormía. Es más, hay quienes tuvieron que prestar mucha atención al pecho, pues daba la sensación de estar simplemente descansando sobre su cama. El trabajo había resultado perfecto.
Rápidamente la rumorología creció alrededor de la joven Victoria, quien fue reclamada con prontitud por las familias nobles de la ciudad para amortajar a sus difuntos. La calidad de su trabajo no tenía parangón. De comenzar como un simple favor a una vecina, había pasado a convertirse en su trabajo. Disfrutaba con su función. No le causaba miedo, sino al contrario, se lo tomaba como un objeto de arte donde verter toda su expresividad. Pero en esta ocasión el trabajo era especialmente complicado.
Se trataba de una mujer. Eso requería una mayor dedicación. Un mayor énfasis. Primero debería de lavar el cuerpo. De modo excepcional se encargó de utilizar un baño de zync. Enjabonó la piel con la misma delicadeza, como si de seda se tratase. También lavó la cabeza desenredado los enmarañados cabellos. Una vez finalizada la higiene, secó bien el cuerpo y peinó el pelo dejando caer sobre los hombros de la difunta una pesada melena lacia y de color negro como el azabache.
Luego la vistió con un vestido de gasas transparente. A través de la ropa se podía verse las formas femeninas sin ninguna dificultad. Intencionadamente le había dejado sin ropa interior. Era como permitir disfrutar a los veladores de la belleza siempre ocultada, pues a aquella mujer jamás le habían poseído ningún hombre. Era como una antigua sacerdotisa virgen consagrada solo a sus menesteres.
Finalmente la maquilló. Su rostro pálido fue recubierto por una capa de coloretes sobre sus pómulos dándole una chispa de vida inexistente. Luego le pasó  por los párpados una sombra de color verde. De haber podido abrir los ojos hubiesen resaltado su gran tamaño. Como colofón le pintó los labios de un rosa pálidoremarcando una sensualidad escondida durante años.
Por primera vez en su carrera decidió ver su obra a través del espejo. Sabía de la magia de aquellos objetos para desvelar puntos de vistas diferentes al habitual además de remarcar los pequeños detalles. Observó complacida su obra, sería su creación póstuma. Era ella quien iba a morir.
Decidida se tumbó en la cama tras cortarse las venas con profundidad. En breve la verían yacente sobre la cama donde había pasado media vida. Se había encargado de cerrar todos los detalles, había enviado una nota para ser descubierta.
Como una virgen la descubrieron llorando. No había sido capaz de morir. Ella misma se había cosido las heridas de sus muñecas. Cuando se interesaron porque no había finalizado, respondió con suma tranquilidad:

-Ver mi rostro hubiese sido una ofensa para la propia Muerte.