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martes, 5 de julio de 2016

Segundas oportunidades (Capítulo 7 de SERIOpata)


CAPÍTULO 7

Nada más cruzar el dintel de casa lancé los zapatos y me “revoleé” en el sofá, mejor dicho, quise decir me tumbé (aunque lenta mi adaptación a Cádiz se está produciendo al menos a nivel semántico). Estaba completamente agotada. Había resultado un día muy estresante. Desde primera hora de la mañana, cuando apareció el cuerpo, hasta las cinco y media de la tarde no había parado más que para tomar una tapa en un bar cercano a la hora del almuerzo. Además, si hay una labor que detesto de mi profesión es la parte burocrática, más cuando cierta clase de informes no me corresponde. No sé si será por ser del norte, o sencillamente por ser la nueva me cargan de tareas que no son mi función.
Pero por fin podía estar tranquila en casa. Aquel momento era solo para mí. Tras un momento de asueto en el sofá, decidí ducharme y prepararme un sandwich para cenar antes de conectarme al juego online, aunque antes decidí echar un vistazo a la edición digital del Diario. Con el anterior asesinato los comentarios de los lectores habían obtenido información veraz.
Esta vez tuve que hacer una criba importante antes de ver algo que pudiese resultar útil. En esta ocasión mucho de los comentarios mostraban sus condolencias por la muerte del autor de comparsa, además de ensalzarlo comparándolo incluso con un tal Paco Alba, que debe ser alguien muy famoso para los gaditanos...
Nuevamente había dos comentaristas que conocía de la anterior ocasión: Chirigotero88 y Seriopata. El primero había dejado un comentario un tanto hiriente entre tantas muestras de cariño hacia el fallecido y su familia:

Chirigotero88: Quizás hubiese lamentado su muerte de haber mantenido su estilo. Este señor perdió toda la pureza. Cambió el estilo caletero de la Viña por la Casería de San Fernando.

Mientras que el comentario del segundo volvía a estar suprimido por el periódico. A saber que clase de barrabasada habría puesto para que no lo hubiesen querido publicar. Me reprendí por seguir pensando en temas laborales en mi tiempo libre, no obstante, anoté en mi agenda con tal de investigar sobre aquel comentario sobre la perdida de la pureza.
Todas las ganas iniciales de jugar quedaron diluidas. Realmente me apetecía tomar un poco el aire, tomar algo, escapar de la rutina, en definitiva.
—¿Te apetece salir a tomar algo? —le escribí a Nacho por privado.
En menos de un segundo, bueno algo más me respondió. No debéis reprenderme por esta exageración. Aquí todo el mundo exagera cualquier afirmación.
—Por supuesto. ¿Lugar y hora?
—Te recojo en quince minutos.
Si mi puntualidad había sido inglesa, la de Nacho al menos debía de ser islandesa. Me dio la impresión que había bajado inmediatamente nada más confirmarle la hora de la cita, y en este caso no exagero, al menos esa impresión me dio al verlo vestido con un pantalón desgatado de chándal, una camiseta manchada de lejía con el lema “Valar Morghulis” y unas zapatillas deportivas rotas por las punteras.
—No pensé que volvería a verte—fue el saludo de Nacho nada más montarse en el coche.
—¿Tan mala impresión te di? Me caíste bien—sonreí.
—Al contrario, me pareces una chica encantadora, pero lo habitual es que la gente se aburra pronto de mi—usó un tono algo lastimero que me causó ternura.
—También podrías haberte aburrido de mi—bromeé. —Quizás no te valores lo suficiente.
—A la mayoría de la gente le suele interesar otros asuntos. Nadie en esta ciudad le suele gustar los juegos, las películas y las series. Aquí todo lo que no sea carnaval y fútbol...—argumentó.
—Pues fíjate, yo no soy de Cádiz, y además me gusta lo mismo a que a ti—le di la mano para animarlo.
—Gracias—me apretó la mano para luego darme un beso en ella.
Con suma cautela fui apartando la mano, de haberlo hecho con brusquedad le hubiese dañado su escasa autoestima. Aquel gesto me había hecho sentir incomoda, aunque no se lo recriminé porque un alma solitaria como la mía en ocasiones necesita del contacto de otro ser humano.
—¿Dónde vamos a que me invites a esa cerveza que me debes? —cambié de tema diametralmente.
—La verdad es que...yo hoy...sigo sin tener dinero...—me reconoció avergonzado.
—No te preocupes, yo te invito.
—No quiero que pienses que soy un aprovechado—comentó sin alzar la mirada.
—Jamás hubiese pensado nada por el estilo.
—No encuentro trabajo de lo mío, y mi madre la mujer puede darme algo...—sus ojos brillaron al reconocer su realidad.
—Lo entiendo. Por eso quiero ser yo quien te invite...o si te sientes incomodo vamos a mi casa, cenamos y vemos una película. ¿Te parece? —aporté como solución sin apenas reflexionarlo.
—Al menos deja que sea yo quien te invite a mi casa.
—Tampoco quiero que tu madre se vaya a molestar por una visita inesperada.
—A ella le da igual, Además la mayor parte de la tarde-noche la pasa dándole de comer a los gatos cerca del muelle.
Su mirada resultó tan convincente que no me atreví a rechazar nuevamente la invitación. Su aspecto bonachón con sus kilos de más me dio confianza. Lo vi incapaz de sobrepasarse. Aquella timidez me hizo sentirme más segura. Simplemente era otro perro verde como yo.
Si no hubiese sido una persona educada hubiese salido corriendo nada más ver el lamentable estado del piso. No me llevé una impresión muy agradable cuando contemplé nada más cruzar el recibidor un salón que no había conocido una limpieza desde al menos su inauguración. Montañas de ropas se acumulaban en el sofá, e incluso aún se podía ver platos con restos de comida reseca sobre la mesa. Además, olía a orín de gatos pese a no verse ninguno por allí. La higiene brillaba por su ausencia. ¡Cuánta diferencia con mi casa! Si algo heredé de mi madre es la manía por el orden y la limpieza, y aquella casa distaba kilómetros de lo uno y de lo otro.
—Será mejor pasar rápido a mi cuarto. Te aseguro que no tiene nada que ver con el resto de la casa—comentó al ver mi rostro contraído. —Lo siento, pero mi madre perdió la cabeza cuando mi padre nos dejó...
—Me hago cargo—sonreí sin saber muy bien cómo actuar.
No lo niego, temí entrar en el cuarto, como ya dije anteriormente nos creamos ideas preconcebidas sin tan siquiera haber hecho las comprobaciones suficientes. No diré que estuviese limpia como una patena, pero si al menos se podía estar, al menos tenía orden. Era una habitación grande donde todo giraba en torno a un ordenador situado en la pared más larga de la misma. Tenía varias repisas atestadas de películas y series, varios posters en las paredes de series como Hannibal, Dexter, Juego de Tronos, Breakin Bad, así como un mandoble apoyado contra un rincón, y junto al mismo una pequeña nevera con un microondas encima.
—La mayoría de las noches prefiero cenar aquí dentro. Ya has visto como está el resto de la casa—comentó como si hubiese leído mi mirada. —¿Qué te parece mi santuario?
—Está muy bien—reconocí admirada. —Solo te falta un baño dentro como los otakus que no salen de sus habitaciones.
—No creas que no lo he pensado—bromeó. —Pero es complicado trasladar cañerías en una casa tan antigua. ¿Un refresco? —sacó de la nevera. —Si te gustan puedo poner una pizza a calentar—logró mi beneplácito.
—Las chicas se deben de quedar sorprendidas cuando las traes aquí—comenté en tono de chanza.
—Contando que hace más de un año que no sube ninguna, se puede decir que eres casi la primera—dijo en tono apagado.
—No te creo. Me tomas el pelo.
—En serio—confirmó. —Ya te conté el otro día que me quedé un poco tocado con la ruptura de mi última novia—se lamentó. —Además soy más bien feo.
—Pues yo te encuentro atractivo—dije sin pensarlo. Quizás no fuese el hombre más guapo del planeta, es más, le sobraban bastantes kilos, pero tenía cierto encanto. Aquella mirada triste me atraía.
—Lo dices por compasión—agachó la mirada.
A fecha de hoy aún sigo sin comprender porque le tomé por la barbilla, le levanté la cara y lo besé en los labios. Jamás en mi vida había actuado de manera tan impulsiva. Siempre había calculado hasta el más mínimo detalle de mi vida incluida las relaciones sexuales con mi ex. No sé si vivir en el sur estará afectando a mi conducta. El correspondió mi beso de manera ardiente. Me estrechó contra su cuerpo con fuerza. Sentí como me metía la lengua hasta la campanilla, pero sin embargo no me desagradó. Era como si estuviese embriagada por la necesidad de desfogar los meses de abstinencia carnal que llevaba. Me dejé arrastrar por los impulsos más primarios...
Llegados a este punto no veo necesario entrar en mayores detalles acerca de lo acontecido en aquella habitación. La mayoría somos gente mayorcita como para al menos deducirlo y tampoco quiero satisfacer vuestro morbo, o curiosidad, acerca de cómo se lo monta un gordo. Solo diré que pese al tiempo que Nacho aseguraba no haber consumado, lo hizo con ímpetu y duró lo que ya quisieran muchos, aunque me confesó avergonzado que solía masturbarse a menudo por si sucedía algo como lo de aquella noche poder estar a la altura de las condiciones.
Cenamos tras haber dado rienda suelta a nuestros más bajos instintos un par de veces más. Una vez satisfechos sexualmente decidimos ver una película
—¿Te gusta Saw?
—Nunca la he visto.
—¿Cómo no has podido verla? Eso debería ser obligatorio en tu carrera.
—En casa del herrero cuchillo de palo—justifiqué.
—¿Te importa si la vemos?
—Me da igual.
—Quizás te pueda servir de ayuda en tu trabajo. Esos asesinatos podrían estar justificados como en la película—bromeó.
—Preferiría no hablar del tema—quise zanjar.
No me apetecía hablar de trabajo en aquel momento, y menos tras haber disfrutado de un buen polvo, o mejor dicho varios.
—De acuerdo.
Hubiese visto la película completa de no ser por la aparición de la madre de Nacho. Aquella señora enjuta y de mirada pérdida me escrutó como si fuese un alien.
—¡No sé como puede estar con ese gordo! Es una mierda...—se dirigió a mi mientras su hijo le invitaba a salir de la habitación.

Pese a la insistencia de Nacho decidí marcharme. No podía estar en un lugar donde me sentía incomoda. Él me acompañó hasta la puerta y me besó, quizás aquel gesto me hizo regresar a casa con una sonrisa en los labios. En mi vida se abría una ventana por donde entraba un nuevo aire. Posiblemente aquella noche podría haber sido el comienzo de una bella historia de amor.