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miércoles, 3 de agosto de 2016

Desconfianza (Capítulo 13 de SERIOpata)


CAPÍTULO 13

Cuando me reencontré con Nacho en su casa por la tarde, el enfado del día anterior parecía haberse esfumado por completo, tan siquiera hubo una palabra al respecto. Quise hablarle sobre los besos con el sobrino del comisario. Quise ser franca, pero cuando traté de hablar él me posó un dedo en los labios y me besó con pasión. La pasión nos arrastró hasta a la cama. Hicimos el amor de manera salvaje a sabiendas de que en cualquier momento podía regresar su madre de dar de comer a los gatos callejeros. Fue tanta la excitación, que cualquier atisbo de duda acerca de nuestra relación se me borró. ¿Cómo podía haber besado a otro cuando Pablo era un volcán en erupción sexualmente hablando?
—Salgamos un rato—propuse entusiasmada. —¿No se te apetece tomar algo?
—¡¿Salir?! Aquí tenemos todo lo necesario para pasarlo bien—sonrió tocándome un seno.
—Hablo en serio, además, ¿algo tendremos que cenar, no?
—Si tienes hambre puedo preparar algo.
—No me apetece tomar pizza ni nada por el estilo. Se me apetece una cena digamos más romántica—le acaricié la cara.
—Puedo poner un par de velas aquí sobre la mesa.
—Hablo en serio.
—Y yo—alegó serio. —Puedo hacer unos filetes, bajar por una botella de vino. ¡Verás será maravilloso! —sonrió poniéndose manos a la obra. —Luego podemos ver una nueva serie, bastante buena según la crítica.
No tuve más remedio que aceptar la invitación, Nacho estaba tan entusiasmado que me apenaba negarme, pese al asco que me producía comer cualquier producto cocinado en aquella cocina grasienta. Lo importante era verlo feliz, me dije mientras me que quedé sola en la casa. En honor a la verdad, puedo decir que, pese a mis reticencias, hizo una cena exquisita. Eso si, servida en platos de plásticos (deduciría mi remilgo a comer en su vajilla).
—¿Y esa espada? —le señalé aburrida de ver una serie, que finalmente no era tan nueva, sobre un psicópata que trabajaba como policía llamada Dexter. Ya se sabe en casa del herrero, cuchillo de palo.
—Se trata de Hielo, la espada de Ned Stark, señor de Invernalia.
—¿Juego de Tronos?
—Exactamente—se limitó a decir sin dejar de mirar la serie.
Quizás aquella velada hubiese acabado de manera apacible sino llega a ser porque durante el transcurso del tercer capítulo que veíamos, (aunque personalmente a mí me parecieron todos iguales), sonó mi teléfono móvil. Rápidamente Nacho me miró con gesto contrariado. Era como si le molestase que le interrumpiese el visionado de la serie. Pero peor fue cuando me vio dudar. No me atreví a coger el teléfono. Era el sobrino del comisario
—No va a dejar de sonar hasta que no lo cojas. Contesta de una vez si queremos seguir viendo la serie.
—No es ningún número conocido—respondí nerviosa mientras cortaba.
El teléfono sonó hasta en un par de ocasiones más pese a que en todas corté, sin embargo, Ernesto, el sobrino del comisario, no se dio por vencido, segundos después sonó aquel sonido tan característico de los mensajes de whatsapp.
—Para ser un número desconocido debe ser de alguien con muchas ganas de hablar contigo—pausó la reproducción.
Mi móvil volvió a sonar en un par de ocasiones más mientras Nacho fruncía el ceño.
—No te preocupes, silencio el teléfono. Ya leeré los mensajes luego—quise sonar de lo más normal.
—¿Podrías mostrarme el móvil?
—No creo que sea necesario...—dije sonrojándome.
—¿Acaso tienes algo que ocultar? —comentó con su cara a menos de un palmo de la mía.
—Yo no nada—traté de sonar convincente.
—Lo comprobaremos ahora mismo—me arrebató el teléfono de las manos. Su rostro paso de la inquietud a la ira en cuestión de milésimas de segundo. —¿Así que era esto? “Hola guapa si te apetece podemos quedar hoy, te muestro Cádiz y repetimos el beso del otro día”—leyó el mensaje.
—¡No es lo que crees! —dije aquella frase que no hacía sino acusarme aún más.
—¡Tu...tu...tu eres...una puta! —me gritó dándome un puñetazo en pleno rostro.
No pude tan siquiera replicarle, sin mediar palabra me cayó una lluvia de palos. Me golpeó en todas partes de mi cuerpo hasta casi dejarme sin fuerza para levantarme. Solo una vez que vio como me alzaba trastabillando para irme, se arrodilló ante mi suplicando perdón.
—¡Por favor, no me denuncies...!¡No sé por qué he perdido los estribos! —balbuceó.
—Tranquilo. Quizás ha sido culpa mía no haberte contado nada—me alcé con todo el cuerpo dolorido, especialmente en el rostro.

Cuando llegué a casa me derrumbé en mi cama. Lloré hasta el cansancio. No me preocupó tanto el dolor físico como lo que aquella paliza implicaba: quizás yo hubiese pecado de mentirosa, pero Nacho había demostrado ser un maltratador.