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martes, 16 de agosto de 2016

Usando las pistas (Capítulo 16 de SERIOpata)


CAPÍTULO 16

De haber ido sola, o al menos haber podido contactar con el comisario, hubiese montado un dispositivo importante para entrar en casa de Ernesto, el sobrino del comisario, pero como Carmen se negó a que llamase a su marido, eso hubiese supuesto una bronca matrimonial, llegamos juntas hasta una casa, posiblemente un antiguo palacete de algún comerciante del siglo XVIII situado en el barrio de la Viña, uno de lo más castizos de la ciudad de Cádiz, donde nos recibió la madre del sospechoso.
Tras entrar en el domicilio pronto me di cuenta que la relación entre cuñadas no era precisamente ideal. Guardaron las formas en la medida de lo posible, posiblemente por mi presencia, aunque se lanzaron varias puyas envenenadas (hablo siempre de manera dialéctica).
—Mi Ernesto no llega hasta eso de la una—anunció la cuñada. —No sabía que se hablaba con una muchacha tan mona, no como otras.
La mujer trató de amenizar la espera sirviendo refrescos, embutidos, y una charla insulsa acerca de cierta famosa que habían pillado con un retirado actor porno. Me sentí aliviada cuando vi entrar a mi principal sospechoso. De haber seguido oyendo aquella charla me hubiese marchado.
—Ernestito hijo, está señorita ha venido hablar contigo—comentó la madre con gesto socarrón.
—Sube conmigo—me invitó con la mejor de sus sonrisas. —A no ser que quieras seguir oyendo los precios del pescado en la plaza.
Silenciosa subí la escalera tras él. Mantuve el semblante sereno. No quería delatar antes de lo necesario el motivo de mi visita.
—Fue muy feo por tu parte no contestarme el otro día. ¿Acaso no te gustaron mis besos? —comentó con tono jovial.
—No he venido por eso.
—Pues tú dirás—se sentó en la cama. —No te quedes ahí de pie—tocó la cama invitando a sentarme junto a él.
—Estoy bien así. —rechacé mientras me temblaban las piernas.
—Como prefieras, aún así sentada estarías más cómoda.
—No vengo a visitarte a nivel personal, vengo como inspectora de policía—expliqué. —He leído tus comentarios en el Diario de Cádiz.
—¿Esta acaso prohibido verter tus opiniones libremente en el periódico? —comentó sarcástico. —¿Qué pretendes decirme?
—Todos tus comentarios aparecen cuando aparece un muerto.
—¿Acaso eso me convierte en sospechoso, o peor, en el asesino?
—Ni mucho menos. Pero das a entender que los que murieron lo merecían—planteé mis dudas.
—Es que lo merecían. Esa gente era indigna. No merecían pisar suelo gaditano.
—¡¿Cómo puedes decir eso?!
—Un policía traficante, un comparsista popero, y un jugador del Cádiz de Jerez. ¿Dónde se entiende eso?
—Me estás preocupando—le miré sorprendida. —Espero que me estés vacilando.
—Ni mucho menos. Jamás en mi vida hablé tan en serio. —su mueca se tornó seria.
—Jamás creí que pensases así. —comenté entristecida.
Era como si todos los hombres que pasaban por mi vida no fuesen más que psicópatas y descerebrados.
—Odio que mancillen la pureza de mi ciudad. Odio que en semana santa se cargué a lo sevillano. Odio que la gente no valore la Caleta, la Alameda, Puerta Tierra... Odio que nos tengan que enterrar en Chiclana, ¿dónde se ha visto eso?
—Esas palabras no te ayudan—le advertí. —No haces más que inculparte.
—Mis sentimientos no demuestran culpabilidad—replicó. —¿Acaso se puede condenar a alguien por sus pensamientos? ¿Acaso me pueden detener por amar Cádiz?
—Voy a tener que detenerte.
—No tienes pruebas contra mi norteña—se burló.
—Puedo acusarte de incitación a la violencia.
—¿Por los comentarios del diario? No me hagas reír—se burló descaradamente de mí.
—CHIRIgotero88, el número nazi por excelencia. —argumenté.
—¡Serás lerda! 88 no es de Heil Hitler sino de Herederos de Hércules. —soltó una carcajada. —Somos un grupo de gente que amamos nuestra ciudad. Un grupo que jamás se ha escondido. ¿Acaso nos quieres comparar con la Serva Bari sevillana? —señaló a un grupo ultra sevillano dispuesto a acabar con quienes desafiaban las tradiciones sevillanas.
Me sentí estúpida. Había lanzado una acusación sin prueba alguna. Yo doña metódica haciendo hipótesis sin base argumental. Me habría gustado que me tragase la tierra ante la mirada de prepotencia de Ernesto. Me habría ido con el rabo entre las piernas de no ser por la oportuna llamada del comisario.
—Águeda esta historia se nos ha ido de las manos...
—Tranquilo comisario, no he detenido a su sobrino. Carezco de pruebas para inculparlo.
—No tiene nada que ver con eso. En el buzón de comisaria acabamos de recibir una carta con una nota que dice: “Usted será la próxima norteña” y creo que eso va por ti. —su voz demostró preocupación.

Por si las moscas, con la mayor discreción posible me llevé al sobrino a comisaria, escasos segundos antes me había llamado norteña, aunque no había sido el único hasta entonces.