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domingo, 12 de febrero de 2012

Diario de una inquietud (trigesimo cuarta entrada)


TRIGESIMO CUARTA ENTRADA

Nunca he sido muy amante de las comidas familiares, mucho menos de las familias ajenas, pero realmente no debería decir nada, pues fui yo mismo quien la organizó, aunque nada me hacía prever el resultado, de saberlo hubiese preferido gastarme mucho dinero en una cena romántica en el más caro de los restaurante de la provincia, pero comprendía que durante aquella mala época, necesitaba el apoyo de los suyos, incluso el de su abuelo, quien se encargase de abrir la caja de los truenos. No quiero adelantarme y os contaré como sucedió todo:
Con la ayuda de mis suegros logré que se llevarán a Marian un par de horas con la excusa de que se comprará algo de ropa, tiempo que aproveche para ponerme a cocinar. Debo reconocer que lo mio no es precisamente las artes culinarias, razón por la que el pollo en salsa que intenté hacer saliese algo quemado, pero aún así era comestible, o al menos nadie protestó.
Aproveché para recoger a sus abuelos tras comprar algo de vino, por mi hubiese puesto unos refrescos, o agua, pero sabía del gusto exquisito de mi familia política. Una vez en casa de sus abuelos, tuve que esperar más de media hora antes de que pudiesemos salir, ya que la abuela no se decidía por una falda o por otra, y es que las mujeres aunque pasen los años, no cambian.
Añadir además que los problemas de prostata del anciano Rafael, nos hizo retrasarnos un poco más, pues justo cuando estabamos cerrando la puerta de la casa le entró ganas de orinar. Le animé a que llegaríamos en cuestión de minutos a mi casa, pero le trajo sin cuidado, él deseba orinar en su casa y nada ni nadie se lo iba a quitar de la cabeza. Como colofón, o mejor dicho colmo, no contento, decidió por su cuenta ponerse a buscar un album familiar de fotografías. Por si no fuese suficiente ya con las clásicas anécdotas que se cuentan, este señor quería reforzarla con elementos físicos como la fotografía. Durante todo el tiempo que llevaba con Marian, ya había escuchado decenas de veces la vez que ella se cayó en un charco, o cuando mi suegro siendo niño le dieron unas ánginas de pecho que pensaban que se morían. Todos rien o se emocionan recordando pero es que yo por mucho que lo repitan, no lo voy a encontrar más novedoso.
Sin embargo la primera parte de la cena se desarrolló con tranquilidad charlando sobre temas banales, y sobre todo habiendo logrado la sonrisa de Marian. Estaba plena de felicidad ya que estaba reunida gran parte de su familia en pleno: sus abuelos, sus padres, su hermano, además de una tía suya junto a su marido y su hijo, un hermoso bebe de apenas cinco meses con el cual a mi pareja se le caía la baba. Marian es una enamorada de los niños. A raiz de las carantoñas que ella le hacía al pequeño, salió durante el postre el tema espinoso por antonomasía em todas las comidas:
-¿A ver cuándo os pensáis casar que ya tenéis edad?-lanzó la pregunta la abuela más dirigida a mi que a su nieta.-A este paso en lugar de hijos le darás nieto.
-Aún es pronto.-respondió Marian queriendo lidiar el temporal.
-Los hijos no se pueden tener tan mayor que sino nacen tontos.-comentó de manera desagradable el abuelo.
-No estar casados no significa no poder hijo.-medié yo ante la aprobación de mi pareja.
-Además, casarse para gastar dinero en que la gente coma y beban, es preferiblen que se lo ahorren para darme un nieto.-metió baza mi suegra.
-Dejad a los chicos tranquilos. Ellos sabrán lo que hace.-medió el padre con acierto.-¿No hay nadie que me eche una copa?-pidió riendo para evitarme el bochorno de dar más explicaciones.
Durante la velada mientras tomabamos copas, las charlas fueron encaminándose por derroteros habituales, pues como dije antes comienza el rosario de anecdotas, en esta ocasión hablaron de una menos usada, y es cuando Marian de pequeña, casi un bebe, la dejaron sola en el salón junto a una cajita de pastilla juanolas, formó un charco de babas negras por donde casi se podía patinar, aunque lo más divertido de todo es que la acababan de duchar.
Aprovechando la cobertura de los momentos para el recuerdo, el abuelo sacó a colación el album de fotos que traía consigo. No tenían un orden cronológico claro, lo mismo se mezclaban las fotos de la boda de mis suegros con las suyas propias que la de la comunión de mi cuñado.
Pero el efecto devastador llegó cuando mi pareja se fijo en una de las fotos amarillentas que se hallaba al final de las últimas páginas: una mujer muy maquillada portaba de manera orgullosa a un niño pequeño en brazos, mientras que tras ella un grupo de mujeres mulatas se mostraban arrodilladas en actitud sumisa. Nada más reconocer a la mujer como la de sus pesadillas cayó desmayada...
No estoy preocupado ahora mismo por ese detalle sino por hacer que Marian vuelva a casa conmigo, quizás no debería haber hablado tanto...

miércoles, 11 de enero de 2012

Diario de una Inquietud (vigesimo cuarta entrada)

VIGESIMO CUARTA ENTRADA

Muy posiblemente tras mi anterior experiencia hubiese sido optar por la autogestión, es decir, llevar a cabo por mi mismo el secuestro del testaferro del holding, pero como tendré que recordar mi complexión física deja mucho que desear al menos a la hora de reducir a nadie, fuera aparte que carezco del temple suficiente como para tener la sangre fría de atacar como había llegado a pensar con una barra de metal golpeándo por la espalda...
Sin embargo la mayoría de las soluciones a cuestiones de esta vida se hallan de improviso sin planearlas y mucho menos esperarla. Fue una noche,estaba tomando una tapa junto a mi novia en un bar del centro de Jerez, cuando de repente se me acercó un el típico indigente que suele errar por los veladores de los bares buscando una lismona. En un principio como siempre me negué a dar nada, no es un hecho cotidiano que yo proceda con generosidad siendo totalmente honesto, pero que aquel mendigo me llamó por mi nombre.
Levanté la cabeza intrigado, no estaba acostumbrado tan siquiera a mirar cuando me pedían, pero la llamada por mi nombre me había dejado conmovido, aunque no tenía porqué después de tantos sucesos extraños en mi vida. Miré primero a Marian para ver si ella lo podía conocer de algo, pero su mirada de extrañeza me dijo que volvía a estar ante un suceso paranormal nuevamente de mi existencia.
Aunque cuando contemplé el rostro del hombre, pese a que costó reconocerlo en un primer momento deduje quien era. Además sus palabras posteriores corroboraron mis sospechas:
-¿No me digas que no te acuerdas de mi Victor? Soy Martín el que pegaba a todos los niños en el cole.-añadió información.-¿Ya olvidastes mis capones?-rió emocionado ante el recuerdo.
-Por Dios Martín.-lo contemplé asombrado. Pese al paso de los años seguía manteniendo el tipo rudo de su infancia aunque el tiempo lo había maltratado bastante.-Marian, él fue compañero mío del colegio.-lo presente aunque mi pareja se limitó a darle simplemente la mano.
-¡Si supieses la de veces que me hizo la tarea el empollóncito este!-rió con sinceridad mostrando una sonrisa destendetada por algunos huecos.
-¿Le está molestando a los señores?-se acercó rápidamente el camarero viendo alargada la presencia de mi compañero demasiado tiempo en nuestra mesa.
-No ni mucho menos.-negué yo.-¿Quieres tomar algo?-le invité a tomar mesa ante la cara de contrariedad de Marian.
No había simple educación la que me había llevado a invitarlo a mi mesa, ya que mi mente comenzó a urdir un plan que quizás me llevase a buen puerto.
-No quiero resultar una molestia.-se mostró reticente más que nada al ver el gesto de fastidio de mi chica.
-No molesta en nada, ¿verdad cariño?-quise mostrar la aprobación que fue realizada de manera hipocrita con la cabeza.-Pidete lo que quieras.-lo animé.
Pidió un bocadillo junto con un refresco que consumió con voracidad, era obvio que llevaba tiempo sin comer.
Si no es mucha indiscrepción, ¿cómo es que andas pidiendo?-la curiosidad me podía, al menos a mis interesés.
-La maldita crisis, como todo el mundo.-se lamentó.-Yo era albañil hasta que se fue todo a tomar por culo...una cosa fue llevando a la otra, primero la bebida, después las peleas y el divorcio con mi mujer. Demasiadas casualidades.-resumió su desdicha en pocas lineas.
-Si yo te hablase de casualidades.-comenté.-Pero tenemos que quedar un día más tranquilo para rememorar nuestro tiempo de colegio.-concluí.
-Cuando quieras.-aceptó.-Siempre estoy por el centro de la ciudad, y como ves tengo mucho tiempo libre...-ironizó sobre su situación.-Un placer conocerla.-saludó a Marian.-Y gracias por la invitación.-se levantó sabiendo que había estado ya demasiado tiempo con nosotros.
-Acepta estos veinte euros.-le tendí con solidaridad.
-Ya ha sido suficiente con tu invitación a tu mesa, aún así te lo agradezco.-lo rechazó marchándose un tanto más serio que a su llegada. Aquella actitud me dejo un tanto desconcertado quizás no fuese lo que yo esperaba...