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martes, 28 de junio de 2016

Falsas expectativas (Capítulo 5 de SERIOpata)


“Hasta ahora no me había atrevido a proponerte una cosa. He preferido ser prudente antes de lanzarme, pero llegado este momento creo que podríamos quedar y conocernos en persona. ¿Te apetece?”
Acababa de regresar del trabajo cuando leí este mensaje tras conectarme al juego. Estaba firmado por Sacamantecas y añadía una dirección. No negaré que me emocionó. Me alegro saber que también él tenía ganas de conocerme, de intercambiar unas palabras en persona. Cogí las llaves del coche dispuesta a acudir a la cita, aunque una vez en la puerta de casa la razón quiso imponerse a la exaltación del momento.
¿Cómo podía ser tan confiada? ¿Cómo me atrevía a ir a casa de un desconocido tan a la ligera?, pensé. En realidad, yo antes tuve la intención de quedar con él, pero en un lugar más seguro, quizás en un bar concurrido o en alguna plaza de Cádiz, no en su propio terreno. “¿Y si fuese un violador? Puedes llevarte media vida hablando con alguien a través de internet, pero eso no significa que lo conozcas realmente. Es más, ni tan siquiera viviendo con alguien acabas de conocerle. Mi mayor ejemplo, el caso de mi ex...
Aun así tuve muchísimas ganas de conocer a Nacho. Siempre me dio la impresión de hablar con un alma gemela: una persona con un punto melancólico, ciertamente desencantada del amor y deseosa de buscar consuelo en una amistad...
¿Y si sucedía algo? Quedaría como la pardilla de la historia. Una inspectora de la policía, criminóloga para más señas, no podía permitirse errores. Mi reputación tanto personal como profesional se verían fuertemente perjudicada...Sin embargo minutos más tarde me vi merodeando por la zona. La curiosidad acabó por imponerse a la razón, aunque me había prometido a mi misma no subir al piso de Nacho bajo ningún concepto.
Quiso el destino que mientras estudiaba con ojo policial el lugar alguien golpease el cristal de mi lado del coche. Me llevé la mano al pecho por la impresión. Tan ensimismada estuve que no vi acercarse a aquel hombre a mi vehículo.
—¿Desea algo? —pregunté una vez recuperada del susto sin bajar la ventanilla.
—¿Némesis?
—¿Perdón?
—Disculpa, muchas veces me cuesta recordar los nombres reales. ¿Águeda?
—Soy yo—contesté intrigada.
Lo miré de arriba abajo antes de darme cuenta de quien se trataba. Me había llamado por mi nick.
—¿Nacho?
—Quien viste y calza. O Sacamantecas, como te resulte más sencillo—me sonrió mientras bajé el cristal. —No pensé que vendrías.
Yo tampoco, pensé para mi misma mientras no dejaba de sonreír como una estúpida.
—Aquí me tienes.
Lo observé con detenimiento. En persona lo encontré mucho más gordo que a través de la webcam. Un sobrepeso posiblemente debido a una ingesta continuada de grasas y al sedentarismo. La mayor parte de su tiempo debía de pasarlo sentado frente a su ordenador. Su rostro era más bien vulgar tirando a feo. Un acné adolescente mal cuidado le había dejado la cara repleta de agujeros. Además, parecía más mayor de la edad que decía tener.
No negaré que aquella primera impresión fue decepcionante. En mi mente se había creado un héroe a la altura de su personaje de internet. Nuestra mente quiere crear belleza donde no existe. Había sido un tanto ilusa al creer que sentiría un flechazo nada más verlo.
—¿No piensas bajar del coche? Puede que este gordo, pero de momento no me he comido a nadie—bromeó. Al menos tenía sentido del humor y era capaz de reírse de si mismo. —Aparca, ¿o piensas subir a mi casa con coche y todo?
—Si no fuese mucha molestia preferiría ir a tomar algo a otro lugar. Se me apetece que me dé un poco el aire—puse como pretexto.
Quizás no se convertiría en mi pareja, pero al menos podría tenerlo como amigo.
—Como prefieras. ¿Dónde te apetece ir?
—Elige tú, yo apenas conozco Cádiz.
—¿Podría ser un lugar diferente a Cádiz? No me gusta esta ciudad—admitió. —Aunque no es necesario si no te apetece.
—Sube—le invité. —Podemos ir a un centro comercial de San Fernando a tomar algo.
Reconozco que quizás me confié, pero no tenía pinta de los acosadores de internet, simplemente era un friki enganchado a los juegos de ordenador y a las series. Además, me había encargado de examinarlo visualmente en busca de posibles armas, algo que rápidamente quedó descartado.
—Gracias.
Entusiasmado se subió en el coche. Me endosó dos besos en cada mejilla que me dejaron marcas. Durante el trayecto apenas hablé. Nacho se encargó de monopolizar la conversación dando detalles sobre como había logrado alcanzar un nivel tan alto en el juego donde lo conocí.
—Y además de jugar y ver series, ¿a qué te dedicas? —me interesé mientras tomamos el refresco.
—De momento a poco. Estoy esperando a ver si me sale algo como diseñador gráfico.
—¿Eres diseñador gráfico?
—Bueno...no se me da mal, aunque no cuento con título oficial. Si eres bueno no lo necesitas.
—Aún así sin titulación es complicado que te contraten—apostillé. —¿No has pensado nunca en hacer un ciclo formativo o inscribirte en la universidad?
—No tengo dinero.
—¿Pero tu familia podría ayudarte?
—Mi madre apenas tiene para mantenernos a los dos—reconoció con voz apagada.
—¿Y tu padre?
—Tan siquiera conozco a ese hijoputa. Nos abandonó a mi madre y a mi cuando yo tenía dos años—había rabia en sus palabras al hablar de su progenitor. —Aunque suene a chiste se fue literalmente por tabaco y no volvió—mantuvo el tono serio, aunque casi no pude evitar reírme. Me había sonado a broma.
—Quizás no debí preguntar eso. Lo siento, no pretendía hurgar en tus heridas—le posé la mano en el hombro al ver como mantenía el gesto compungido.
—No te preocupes, no es culpa tuya. Es más, yo no sería quien soy sino fuese por esas cosas. —sonrió tristemente—Solo hablamos de mí. Ahora te toca a ti.
—Sabes casi todo de mí. Hemos hablado mucho durante este tiempo.
—Lo sé, aunque no entiendo porque una chica, si me lo permites, tan guapa, se viene al culo del mundo a trabajar.
—Circunstancias personales—resolví ruborizada.
—Eres bastante reservada—apuntó sin dejar de sonreír. —Aun así yo te he hablado de mi padre. —me chantajeó emocionalmente con aquel apunte. Era cierto, él no había tenido ningún pudor en hablarme de su familia.
—Quería poner tierra de por medio tras una ruptura sentimental. Mi pareja me engañó—la voz me falló. Llevaba meses sin hablar del tema, y al parecer la herida aún no había cicatrizado como era debido. —Rompí con todo. Seguir en mi tierra suponía tener vivo su recuerdo. Decidí liarme la manta a la cabeza y alejarme de mi tierra, mi familia, mis amistades...no pretendo aburrirte.
—Al contrario. Te entiendo perfectamente—posó su mano sobre la mía con intención de darme ánimos, o al menos así quise entenderlo. —A diferencia de tu situación yo no pude hacer nada por alejarme. Era imposible. Esa es una de las razones por las que apena salgo. Cádiz aún me recuerda a su traición—me miró con intensidad.
Fue entonces cuando descubrí el brillo de unos ojos, que pese a ser pequeños, eran de un verde mar precioso.
—¡Estamos apañado! —aparté la mano un tanto incómoda. —Somos dos apestados del amor. —bromeé.
—Pues no entiendo por qué. Eres una chica muy divertida además de guapa. Seguro que ya te han entrado más de uno—dijo en tono de chanza.
—Yo tampoco salgo mucho. Apenas conozco a nadie aquí.
—Ya me conoces a mí.
—Cierto.
—Y cambiando de tema—si dio cuenta de que me empezaba a sentir incomoda. Nunca he sido mucho de tratar sobre temas amorosos con nadie, tan siquiera con mis amigas. —¿Eres tú la criminóloga encargada del caso del decapitado de la Caleta?
—Eso es información confidencial.
—¡Venga ya! No creo que haya muchos criminólogos en Cádiz. —se rio mientras lo decía. —Además no voy a ir contando nada por ahí, no tengo a quien.
—Sí, soy la encargada. —admití. —Pero aún queda mucho por investigar. Estamos con las primeras pesquisas. Por cierto, me gustaría conocer tu opinión.
—Impactante cuanto menos.
—No me refiero a eso. No sé si has leído las opiniones del diario de Cádiz.
—¿Sobre qué era un policía corrupto? —afirmé con la cabeza a su pregunta. —A nadie le sorprende. Media ciudad lo sabía y la otra media lo sospechaba. Tarde o temprano terminaría así o peor.
—¿Lo ves como algo normal?
—No, ni mucho menos, pero si alguien juega con fuego acaba quemándose, más siendo un policía cuya obligación es velar porque esas drogas no lleguen a la circulación—opinó.
—Visto de ese modo—admití. —Creo que va siendo hora de marcharse. —miré el reloj. —Camarero la cuenta.
Observé durante unos momentos a Nacho como rebuscaba en sus bolsillos como si no acabase de encontrar algo.
—¿Sucede algo?
—Me da mucho palo, pero me acabo de dar cuenta de que no traigo dinero suficiente para el refresco, si me lo prestas otro día sin falta te lo devuelvo.
—No te preocupes, yo te invitó—le sonreí. —Si quieres otro día me invitas tu. —añadí ante su cara de apuro.
Lo lleve hasta su casa con la promesa de que quedaríamos otro día para seguir charlando. Quizás no había encontrado un hombre para olvidar a mi ex, pero si al menos un amigo con quien compartir mis preocupaciones.