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domingo, 18 de marzo de 2012

Diario de una Inquietud (cuatrigésimo primera entrada)

CUATRIGESIMA PRIMERA ENTRADA

Durante el vuelo pensamos que hallaríamos la información necesaria acerca de la mujer con relativa facilidad, pero el hecho de vivir in situ en la isla, nos hizo comprobar la demora a la que se somete la burocracia cubana, y más cuando se trata de extranjeros. Ibamos tan relajados, que nuestra fijación durante el viaje fue el discutir el nombre de nuestro primer hijo.
Barajamos alternativas entre nombre de chicas y chicos, porque aunque os pueda extrañar, ya que Marian estaba de casi siete meses, habíamos decidido rechazar saber el sexo de la criatura, y vivir el hecho con la emoción que se hacía antaño en tiempo de nuestros abuelos. Yo en mi seno interior rezaba porque fuese niña, ya que por normal habitual las chicas suelen ser más cariñosas que los varones, fuera aparte que tampoco se me ocurría ningún nombre que me gustase de niño, fuera aparte que el quería mi pareja no me acababa de convencer: Alejandro. El debate se cernía más de ser una mini-Marian, pues sobre la mesa se barajaba cuatro de los cuales no nos acababamos de decidir: Alejandra, Candela, Jimena o Ariadna.
Lo que no esperamos fue que durante un plácido paseo por el Malecón, un grupo de mujeres, en su mayoría parecían prostitutas de las que suelen hacer negocios con los estadounidenses y españoles deseosos de carne mulata, se pusiesen a correr detrás nuestra a gritos, deseosos ante todo de golpear a Marian. Aquella escena parecía calcada a la que había vivido en el centro de Jerez, con la diferencia que esta vez nos encontrabamos al otro lado del oceano.
Nos hubiesen cogido del tirón, ya que la barriga le impedía moverse con toda la velocidad que desease a mi pareja, sino hubiese sido por una señora que tras una puerta nos invitó a protegernos.
-Muchisímas gracias por todo.-le agradecí oyendo como fuera pasaba la turba de largo.
-¿Pero como se os ocurre venir por lugares como este?-nos regañó la mujer que apenas levantaba metro y medio del suelo.
-No sabíamos que este era un barrio peligroso.-argumenté yo con rapidez.
-Y no lo es.-negó contrariandome.-Si me refiero a que hacéis ustedes dos por aquí, y sobre todo ella.-señaló a Marian.
-¿Yo porqué?-logró preguntar mi chica mientras intentaba recuperar el aliento.
-Pues por el mismo motivo por el que habéis venido a Cuba.-logró que a nuestro alrededor se diese durante unos segundos un silencio sepulcral.
-¿Que sabe usted de eso?-le interrogué.
-Mucho más de lo que quisiera.-respondió con gesto contrariado.-Sentaros, nos invitó a pasar a su cocina donde una mesa con tres sillas se disponía cerca del fuego donde hervía una olla.-¿Queréis tomar algo?-nos ofertó.
-No gracias.-contestamos al unísono.
-Fue hace muchos años cuando me enteré que yo era la heredera de un legado familiar, una dinastía de brujas.-evocó casi como si no estuviesemos allí.-Me enseñaron a curar con plantas, algunos hechizos para atraer el amor, pero también me revelaron el secreto de tu familia.-miró a Marian fijamente.-Me revelaron que la madre del tío abuelo de tu abuelo había hecho un trato con un ascendiente mío.
-¿Y cuál fue ese trató?-le tembló la voz a Marian.
-Reencarnar a su hijo que había enfermado gravemente enfermo en algún descendiente suyo. Y ese descendiente es el bebé que llevas en tus entrañas.-aseveró provocando el llanto de mi pareja.
-Eso son simple supercherías. Mentiras.-grité intentando que mi amor se relajase.
-Si fuese mentira, porque ella estuvo soñando esto mismo que acabo de contar durante tanto tiempo. ¿O porque soñó con esa mujer repintada, sin contar con la paliza que le dieron además de las que le intentaron dar hace nada?-la retórica de sus palabras denotaba que yo mismo sabía que nada de aquello era mentira.
-¿Pero quien era esa mujer?-inquirí.
-Era una madame, una criolla, hija de una española y un cubano, que aprovechándose de su posición había montado un burdel a espaldas de su marido para lucrarse con las pobres muchachas de la isla, por eso la mataron.-narró casi de forma fideligna el sueño.
-¡No quiero que mates a mi hijo!-vociferó Marian llevándose las manos a la barriga.
-¡Tranquila amor no te pasará nada!-le abracé notando como había roto agua.-Hay que sacarla de aquí, llevarla a un hospital...-le dije a la anciana.
-No se puede, no muy lejos hay gente que la quiere matar.-anunció.
-No quiero que ella lo toque.-lloró mi chica llevándose las manos a la barriga.
-No os queda otra que confiar en mi.-argumentó en su favor, mientras yo veía a través de la ventana como  no muy lejos al grupo de mujeres se le unía un grupo de mulatos armados con palos en nuestra búsqueda.
-Pongamonos manos a la obra, digame que necesitamos.-ordené mientras me remangaba.-Eso si desgraciada de usted si le pasa algo...