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lunes, 19 de marzo de 2012

Diario de una Inquietud (cuatrigésimo segunda entrada)

CUATRIGESIMA SEGUNDA ENTRADA

 No tuvimos mucho tiempo para trasladarla a la cama, Marian tenía las contracciones muy cercana, y apenas logramos moverla hasta encima de la mesa de la cocina. No tardo mucho la anciana en disponerse a calentar agua, traer toalla, y desinfectar un cuchillo para que llegado el momento cortar el cordón umbilical.
-No dejes que sea ella quien saque al niño...-me rogó apretándome la mano.
Pese a que siempre he sido muy aprensivo a temas de sangre, o similares, me coloqué entre sus piernas para ver como iba la dilatación. Yo que siempre había evitado ver las imagenes de un parto, en aquella ocasión asistía al de mi propio hijo, aunque no como acompañante mostrando mi apoyo, sino como matrona, así que tuve que concentrarme el máximo que pude para no perder la calma. Primero vi sangre que salía a borbotones haciendo que mi estomago girase en mi interior deseoso de expulsar todo su contenido, mas tuve que resistir la tentación de retirarme, además aprovechaba para apartar la mirada para mirar la cara de Marian y darle ánimo:
-Aprieta amor, en poco tiempo tendremos a nuestro hijo.-le hablé con la máxima tranquilidad que pude.-Respira hondo.-simulé las clases de preparto a las que apenas habíamos acudido.
No sé cuanto tiempo se llevó apretando, lo que si recuerdo es como una mata de cabello  negro se abría paso por aquel estrecho canal que jamás pense que llegase a dilatar tanto. A mi lado se asomó la anciana que me animaba a a dejarla a ella que ayudase en el parto que estaba acostumbrada, pero la posibilidad de que le hiciese daño a la criatura me hizo mantenerme firme, y disponerme a usar mis manos, para ayudar a salir a la cabezita que aparecía rojiza por entre las piernas de mi pareja. Fui lo más cuidadoso posible hasta lograr tenerlo entre mis brazos.
-¿Qué es Victor?¿Por Dios qué es?-me gritó llorando Marian mientras yo revisaba el cuerpecito en silencio para ver si traía una deformidad. Solo al rato me percaté de la llamada y me fije en el sexo del bebé:
-Relajate amor, es una pequeña Jimena.-se le acerqué para que la viese.
-Bendito sea Dios dijo la mujer a mi lado.-pasándome el cuchillo con el que corte el cordón umbilical.-Yo recé a Dios porque fuese así.
Han pasado ya varias horas desde que tuvimos a nuestra primogénita que ahora duerme en los brazos de su encantada madre, y también en este tiempo he aprovechado para preguntarle esa frase de la mujer en la que decía: “Yo recé a Dios porque fuese así”. Pero os lo contaré más tarde, porque debo descansar, creo que he tenido una bajada de azúcar.