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lunes, 2 de enero de 2012

Diario de uina Inquietud (vigesimo primera entrada)

VIGESIMO PRIMERA ENTRADA

No me demoraré en dar detalles sobre mis últimos tiempos, solo me limitaré a ir directamente al grano, bien podría decir que estos días han sido raro, pero no sería deciros nada nuevo con respecto a la vida que vengo llevando...
Como ya comentase la vez anterior nos lanzamos en busca de aquella forma blanquecina que divagaba a menos de veinte metros de nuestro puesto de vigilancia. Casi me caigo al chocar contra unos arbusto debido a mi deseo de no quedarme el último. Siempre me ha dado cierto miedo la soledad, sobre todo cuando no cuento con forma alguna de iluminarme, ya que mis compañeros lo habían tomado en la apresurada persecusión.
En un principio tras más de quince minutos corriendo a ciegas por aquel paramo me alegré de haber perdido de vista a aquella aparición, que no sé muy bien porque, pese a no verla muy bien, me recordó a la que habia tenido al comienzo de iniciar este diario, quizás por ello mi miedo fuese mayor. Tenía miedo a volverme a enfrentar a aquel espectro.
-¡Maldita sea! No he tenido tan siquiera tiempo a lanzarle una fotografía.-protestó el periodista resoplando por el esfuerzo.
-No debe de andar muy lejos.-miró Ramón hacia todos lados intentando hallarlo.
-Estamos hablando teóricamente de un espirítu, puede haberse evaporado. No es un conejo que se esconda detrás de una mata y vaya a volver a salir.-comenté intentando no demostrar mi nerviosismo.-Lo mejor será volver en otro momento.-quise disuadirlos de que lo mejor era volver a casa.
Pero fue mi mirada de pánico lo que les hizo hacer oído sordos de mi petición. Por mucho que intenté controlar mis emociones, no logré encajar un rostro relajado al ver por el rabillo de mi ojo, la figura brillante entrando por una de las cuevas del polvorín. Siguiendo mi mirada, también Ramón y el periodista vieron lo mismo que yo.
-Rápido.-ordenó Ramón que pese a sus años se mostró agil para lanzarse a la carrera.
Ninguna palabra de advertencia podría servirles para quitar su empeño de atrapar a aquella luz blanquecina, así que no me quedó más remedio que lanzarme junto a ellos dentro de la cueva.
Lo pasé francamente mal, el brillar de unos pequeños ojos por doquier, me hacían presagiar la presencia de decenas de ratas, y unas ganas de vomitar me asaltaron. Me tuve que contener para no quedarme solo, pues como ya digo, me reitero, a aquellos dos hombres nada ni nadie los pararía en su dicha de al menos fotografíar al espectro.
No fue hasta hasta chocar contra una pared cuando se dieron cuenta de que jamás lograrían alcanzarlo. Enfadados soltaron una serie de improperios a los que me uní. Era una forma de rebajar la adrelina que me ardía por el cuerpo.
-Un momento.-señalé una pintada en la pared.-Es posible que nos haya conducido hasta aquí para que viesemos esto.
Ramón alumbró con su linterna la pintura que con un color verde, muy confundible con el verdín que crecía en la cueva, mostraba tres iniciales: I.G.B. Justamente el personaje que nos había conducido hasta aquel lugar.
-¿IGB?-se encogió José Manuel de hombro.-No tengo ni idea de lo que puede signficar.-reflexionó en voz alta.-Lo que no me extrañaría es que en este lugar hubiese alguien enterrado.-fotografió la pared.
Aquella deducción estremecio más a Ramón que el propio espectro. Con una mirada me pidió que inventase algo para alejar a aquel reportero de allí. Rápidamente capté la idea. El tesoro debía de estar escondido por los alrededores, y lo que menos nos interesaba era a aquel hombre curioseando por los alrededores, su función de ayudarnos había concluido en el mismo momento que habíamos obtenido los permisos para conocer el lugar.
-¡Mirad de nuevo! Allí está la luz blanca.-señalé justo hacia la salida.
Hubo unos momentos de duda, ya que el periodista estaba más preocupado pensando en la pintura, pero al rato pareció reaccionar, agarrando el lumigas en busca de tan ansiada fotografía.
No me pararé mucho en detallar como al día siguiente, esta vez entrando por el hueco de reja que yo sabía utilizaban en las fiestas raven, volvimos al atardecer. La pared estaba hueca, aún así nos llevó un buen rato romperla solo con ayudas de rocas que había esparcida por el suelo, para por fin hallar un baul repleto de monedas de oro de la época del tal Iñigo Guzmán junto con una nota que rezaba: “La justicia a veces necesita de actos deshonrosos para cometerse, es por ello que debí matar a muchos ricos, no solo con afán de ayudar a los pobres, sino porque sabía que una causa mayor sucedería en el futuro. No me preguntéis cómo, pero lo se. Iñigo Guzmán de Balboa”.
Tuvimos que esperar hasta que la oscuridad fue completa. No podíamos permitir que nadie nos viese salir de allí con toda aquella fortuna en el coche. Aún así sentí como no muy lejos, un todoterreno con las luces apagadas nos espiaba desde la lejanía. Podría ser la Guardia Civil, podría tratarse de José Manuel intrigado por nuestro nerviosismo al final de la noche, pero yo sabía que no era ninguno de ellos. Posiblemente fuesen matones del artista de la Muerte que nos estuviesen vigilando, por ello a mi idea inicial de guardar la caja en mi casa, quedo descartada, al menos entre Ramón y yo, pues tras contarle mis sospechas, representamos que si lo haciamos de cara a nuestros seguidores.
Es un juego peligroso en el que me he involucrado, tan peligroso que hace unas horas a Ramón le acaba de informar la policia de que el detective que habíamos contratado a muerto. Por lo visto le piden declaración acerca de la investigación que estaba realizando...