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domingo, 8 de enero de 2012

Diario de una Inquietud (vigesimo tercera entrada)

VIGESIMO TERCERA ENTRADA

Tal vez el alto consumo de peliculas al que estamos sometidos me hiciesen creer que introducirse en el mundo de la extorsión resultase más sencillo de lo que me había pensado, pero para mi aprendizaje me di cuenta que no resulta ser un mundo fácil, en el que no solo vale el poder del dinero, sino que cuenta con sus propias reglas. Si intentas tratar con tipos peligrosos debes de mostrarte duro, cualquier punto débil que te encuentre te será utilizado en tu contra. Pero dejame que os cuente con más detalle.
Me había incorporado a trabajar tras mi baja por el accidente de tráfico que había sufrido, por lo que contaba con mucho menos tiempo del que me hubiese gustado decicarle. Además no se muy bien cómo pero Marian, parecía estar más pendiente de mis movimientos. Era como si sospechase de que iba a hacer algo incorrecto, así que para moverme por los bajos fondos tuve que optar por hacerlo de día, tras el trabajo, y con la excusa de que iba a tomarme una tapa después del trabajo con un grupo de compañeros, aunque no dejo de reconocer que hacerlo a media tarde también era causa del miedo a adentrarme en un barrio de mala reputación en el Puerto de Santa María como era la barriada de José Antonio.
Divagué por sus calles sabiéndome observado por todo, y no era de extrañar, no era muy habitual que un hombre vestido de chaqueta pasease por sus calles como perdido en la inopia. Pasaron más de media horas sin saber a donde dirigirme hasta que un drogadicto de ojeras muy marcadas se me acercó a mi lado susurrándome su aliento apestoso al oído:
-Si buscas coca de la buena, yo te puedo llevar hasta el mejor.-me invitó a que le siguiese.
Como ya dije antes mis ideas cinemátográficas del mundo me hice pensar que quizás drogas y extorsión era un negocio global. Ahora puedo decir que si y no. Si porque hay violencia en ese mundo, pero no siempre debe ser una parte paralela del negocio. Yo pensé que los camellos de las drogas eran como supermercados donde bien podrías llevarte un pico de heroina y un apalizador juntos.
Seguí hasta la zona más interior del barrio al jonkie hasta que me dejó en el interior de una casa que antaño fuese un patio de vecino, donde una montaña de basura se amontonoba, mientras que un hombre, al que el despojo humano que era mi acompañante lo llamó el Peludo, se dedicaba a quemar diferentes utensilios de todo tipo, desde madera, a juguetes de plastico en una clara intención de calentar las estancias aledañas que se mostraban igual de sucias que el patio.
-Peludo, aquí te traigo un cliente de los buenos.-gorgojeó como si de un animal se tratase el drogadicto.
-Negro, hasta que no logré cerrar el negocio no te pienso dar nada.-le adviertó el camello.-La última vez te regale un pico por aquel supuesto cliente que al final no gastó más de veinte euros en marijuana.
-¡Joder estas cada día más roña!-se quejó el aludido dejando escapar el aire por el hueco donde antes debió de haber dientes.
-Eso es lo que ahí. Y ahora vete.-le ordenó el Peludo consiguiendo una serie de bramados bufidos pese a que se retiró con masedumbre con la cabeza gacha.-Y ahora tu señorito, ¿qué vienes buscando?-se dirigió por fin a mi.
-Yo...necesitaría.-tartamudé sin encontrar las palabras adecuadas.
-No me gustas.-bramó acercándose a mi.-Pareces un madero..
-Yo no.-levanté las manos mostrando que no llevaba arma alguna encima.
-Eso espero.-me miró de soslayo.-Porque si eres un “mono” me puedo encargar de que te maten antes de que te de tiempo a decir hola...-me amenazó haciéndome el gesto de una pistola en mis sien.
Un sudor frío me recorrió la espalda. Aquella amenaza era terriblemente real.
-Yo no necesitaría a alguien para un trabajillo.-logré articular.
-¿Un trabajillo? Pero de qué coño me estás hablando.-protestó haciendo aspaviento.
-Secuestrar a un hombre.-solté sin pensarlo.
-¡Qué mierda me quieres decir subnormal!-me gritó a menos de un palmo de la cara.
-Estoy dispuesto a pagar mucho dinero por ello.-quise disuadirlo mediante el dinero.
-A ver subnormal, yo me dedicó a vender droga...
-Es mucho dinero el qué podría darte...-insistí sin atreverme a levantar la mirada.
-Pues te has equivocado de sitio. Yo solo soy un vendedor de drogas, no un asesino.-me chilló como poseído.
Ahora que lo pienso me resulta irónica esa frase suya, de que él no era un asesino, pero en el fondo no era otra cosa lo que hacía al suministrar esa mierda a sus compradores, sin embargo en ese momento no dije ni mu. Tan solo deseaba salir por patas de allí, sentía que en cualquier momento podía mearme encima.
-No pretendía molestarle.-me disculpé.-Ahora me iré por dónde he venido...-señalé la salida.
-Ah no, ahora no te puedes ir de rosita.-interrumpió mi huida.-Usted debe pagarme por el tiempo que en malgastado en ti. En este rato he perdido clientela.
-Podría darle treinta euros.-le ofrecí.
-¿Pretendes insultarme?-se acercó a mi como queriendo oír mejor.
-No ni mucho menos.-balbuceé siento como un calor humedo me recorría la pierna. Me estaba orinando encima.-Jonathan ayudame a convencer al señorito como nos las gastamos aquí.-pidió haciendo salir a un gitano de una estancia cercana con una navaja con una hoja bastante grande.
-¿Cuánto quieres?-me atemoricé ante la amenaza de ser apuñalado.
-Tu mismo has dicho que contabas con bastante dinero.-me recordó.-Así que vaya soltando la guita.
Con tristeza no tuve más remedio que darle los dosciento euros que llevaba encima, y que había sacado del banco para ir aquella misma tarde junto a Marian a comprar un mueble que a ella se le había antojado para la habitación.
Y después de esta experiencia pensaréis que no he vuelto a pensar en hacer las cosas de forma ilegal, pero siento desilusinaros nuevamente, porque no es así, ya que ahora mismo tengo secuestrador al gerente del holding de empresas del artista de la muerte...