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martes, 29 de noviembre de 2011

diario de una inquietud (quinceava entrada)

QUINCEAVA ENTRADA

Deberéis ser muchos los que al leer esta nueva entrada estéis esperando saber algo más acerca de lo que ponía en el manuscrito que encontré en la iglesia, pero siento defraudaros en esta ocasión, pues como suele ocurrir ultimamente en mi vida, nada surge tal como preveo, pues como podréis recordar era yo el primer interesado en descifrar lo hallado, pero quizás os consuele, al menos a ustedes pues a mi realmente me dejo simplemente cagado de miedo de manera literal, pero comenzaré a contaroslos detenidamente para que comprendáis mejor.
Tras regresar a casa de la boda, y escribir durante un rato la anterior entrada de este diario, aparte de ciertos detalles más escatólogicos producidos por el alto consumo de alcohol, no logré abandonar la cama hasta al menos las seis de la tarde.
No es que pretendiese levantarme realmente, pero la llamada de mi amigo Francisco instándome a ver el partido del Real Madrid que emitían a través de una emisora de pago y que según palabras textuales suyas “disfrutaríamos con un jarrote de cerveza en el bar “El Chirri del ostenso juego merengue” casi me convencieron para pasar un rato con este amigo al que hacía tiempo que no veía. Debo de reconocer que no soy tremendamente amante del futbol, jamás me quedaré encerrado en casa por ver un partido existiendo planes mejores, aparte que de siempre he sido más de tendencias catalufas como diría mi buen amigo para referirse a mi simpatía por el Barça. Pero la posibilidad de disfrutar de una buena cerveza fría y un poco de conversación banal me agradaban en aquel momento.
Así que decidido plante los pies en el suelo sintiendo una terrible sensación de mareo que me calle, ya que de haberlo dicho, Marian no me hubiese dejado salir por las puertas de casa bajo ningún concepto y mucho menos cogiendo el coche. Era jugarme una multa innecesariamente porque lo más probable es que mi cuerpo aún no hubiese evaporado el alcohol consumido. Me tuve que duchar con agua fría pues para variar mi suerte me dio la espalda y me dejó sin gas en la bombona de butano.
Superado este escollo me vestí con lo primero que encontré por casa, no me paré a buscar ropa arreglada ya que tan solo iba estar en un bar rodeado de forofos de barrios que rellenan su vida sabiendo las clausulas de rescisión de los jugadores pero que apenas saben cuanto le retiene la seguridad social de sus nóminas en el caso de que trabajen que eso es el mejor de los casos. Así que dispuesto a echar un rato me dirigí al bar, dándose la circunstancia ya habitual de que mi amigo llegaba tarde, y es que para Fran la puntualidad es algo que no va justamente en su manera de ser, pese a que en los pocos casos que él llega antes no cesa de llamar hasta que apareces por el lugar. Historias apartes, reconozco que pese a beber mis dos buenas jarras de cerveza, me aburrí de lo lindo durante casi las dos horas que duró el partido, y no solo por el pésimo juego de ambos equipos que hacía dormir a las ovejas, sino por la falta de conversación de mi amigo, que parecía especialmente embelesado mirando la televisión.
Si en algo me considero especial, es quizás en darle importancia a los pequeños detalles. A la hora de despedirnos, me refiero claro está a mi amigo el madridista y a mi, me dijo con un tono que parecía no corresponderle:
-A la vuelta a casa ten mucho cuidado. Últimamente la gente está muy loca.-utilizó un aire partenal que me hizo hasta gracias.
-Si papá si lo deseas hasta le doy un toque cuando este con Marian.-comenté burlón.
-Llámame me quedaré más tranquilo.-no cambió el tono serio que me dio que pensar sobre todo en el coche mientras encendía el motor.
Le quite importancia al hecho de la advertencia, pero no debería de haberlo echo, pues nada más tomar la primera rotonda mientras giraba, un coche, creo recordar que se trataba de Wolwagen Passat, entró a toda velocidad llevándome por delante golpeándome desde un lateral. Fue un golpe seco que me hizo vibrar todas las cervicales y me dejó sin aliento. No tuve tiempo a ver mucho al causante del accidente, pues se dio a la fuga dejándome mal herido, hasta que una chica que montaba una moto acudió a socorrerme.
Vuelvo a estar en casa tras casi una semana en el hospital, y lo único que se me viene a la cabeza es la imagen del conductor sonriendo mientras se marchaba dejándome el coche abollado. Aquel no era un accidente por un error, aquello era como una advertencia hacia lo que yo sabía, pues casi sin miedo a equivocarme creo que se trata del jefe de la editorial, o para que me entendáis mejor el artista del miedo, que tiene miedo a que lo denuncié porque yo lo he reconocido.