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jueves, 24 de noviembre de 2011

Diario de una Inquietud (treceava entrada-continuación)

Callados volvimos a la estación de Cádiz tomando el primer tren de Cercanía de regreso que para colmo no apareció hasta casi una hora más tarde, con lo que yo ello supone, estar una hora aburrido sin tan siquiera mediar palabra con la persona que te acompaña, porque yo, herido en mi orgullo no tenía ganas de conversar acerca de nada.
Una vez en el interior del tren debimos de aguardar al menos otros quince minutos, pues según comentaban algunos ancianos, el tren hacia Madrid estaba a punto de salir teniendo prioridad sobre el nuestro. ¡Menuda desfachatez! ¡Como si los usuarios de cercanías fuesemos de segunda categoría! Como modo de distración me dediqué a observar a la gente de mi alrededor: una madre que regañaba a su hijo para que se sentará correctamente en el banco, un anciano que leía el periodico, un grupo de estudiantes que comentaban el último partido del Real Madrid.
Pero no sé porque quien más curiosidad me dio fue un joven solitario cargado con una mochila de tipo estudiantil que oía música mientras a su vez guardaba entre sus manos un libro. Traté de agudizar la mirada para ver el título pudiendo leer: La Cocina de un Anarquistas. Si bien podía recordar aparte de estar desclasificado e incluso prohibido versaba de técnicas caseras de producir explosivos. Quizás mi mirada llegó a ser tan descarada a la hora de contemplar el libro, que el muchacho se sintió intimidado por mi mirada, sombrío se levantó cambiándose incluso de vagón...
Sin darme apenas cuenta el tren se había puesto en marcha, y el traqueteo me dejo somnoliento, así que aproveché para dar una cabezada. Más que la presencia de varios seguridad dando vuelta con inquietud a través del tren, fue el zarandeo al que me sometió Marian el que me devolvió a la realidad.
-Despierta Victor, algo raro ocurre.-me volvió a dirigir la palabra con voz quejumbrosa.
¿Dónde estamos?-bostecé aún cansado.
-Llevamos más de una hora parado entre Puerto Real y el Puerto de Santa María.-indicó.
-¿No han comentado que ha sucedido? Quizás se halla estropeado...-dije lo primero que se me ocurrió intentando tranquilizarla.
-No ni mucho menos.-contrarestó mi impresión.-Según algunos pasajeros dicen que posiblemente halla una bomba en alguno de los vagones.
Al ver pasar un seguridad me levanté hacia él en busca de una explicación, pero su voz sonó autoritaria al pedirme de manera correcta aunque decidida que permaneciese en mi asiento.
-Tranquila no debe de ser nada malo.-abracé a Marian que se estremecía. Quise sonar más convincente pero era difícil en aquella situación.
Quizás minutos antes todo el mundo se dedicase a preguntar, pero en aquellos instantes se había instalado un incomodo silencio que casi podía respirarse.
No fue hasta cerca de una hora más tarde cuando un revisor de aire bonachón se dirigió al pasaje con el mayor aplomo posible, pese a que su voz demostraba sus verdaderos sentimientos de miedo:
-A continuación se irán ustedes levantando poco a poco conforme se lo vaya indicando los vigilantes. Procuren no correr ni alterarse al salir, todo esta controlado.
-¿Pero que narices sucede?-gritó un anciano.
-Caballero limitese a llevar a cabo las indicaciones.-le pidió con una medio sonrisa impostada.-Una vez fuera dirijánse donde se les indica. Un autobus los llevará a su destino, además de serles entregado un papel donde se les explicaría lo sucedido así como una propuesta de compensación por el tiempo perdido.
De la manera más civilizada fuimos descendiendo del transporte contemplando asombrado como los TEDAX, es decir la policia encargada de desactivar bombas esperaba abajo paciente para entrar. Los rumores eran ciertos, no solo por eso, sino por el papel que nos entregaron donde explicaban la aparición de una maleta sospechosa abandonada en los baños. Y tengo la impresión de que pertenecía al chico que me quedé mirando.
No tuve tiempo a seguir pensando más en ese tema, pues nada más montarnos en el autobus pudimos ver como a nuestras espaldas, el tren explotaba por los aires sin causar heridos.
Vuelvo a tener miedo de pensar que todos los hechos extraordinarios que se van sucediendo en mi vida tengan una explicación encadenada. Además acabo de recordar de que me sonaba la cara del director. Era la misma cara del artista que torturaba a los niños tanto en mis pesadillas como en la realidad. ¿Y si hubiese descubierto que yo sabía quien era? ¿Quizás habría mandado poner la bomba en el tren?
Cada día siento que me vuelvo más paranoico. Tan solo quiero que llegue el próximo sabado para ir a la boda de la prima de Marian, para cogerme una borrachera de campeonato y así olvidar los pensamientos que me afligen.